LEYENDAS PACHUQUEÑAS

 

LA CRUZ DE LOS CIEGOS

En la segunda década de 1800 se ubica el espacio y el tiempo de esta historia, dicho popular, noticia entre el pueblo, que dejaría su nombre a uno de los barrios más antiguos de nuestra ciudad y que hoy forma parte del patrimonio intangible de los pachuqueños convertido en leyenda.

Llevada al papel en la obra titulada Pachuca: sus historias y sus leyendas (1924) del ilustre narrador Don Miguel A. Hidalgo, considerado como uno de los grandes tradicionistas hispanoamericanos contemporáneos por el Mtro. Luis Rublúo Islas, referido en su libro Tradiciones y leyendas hidalguenses (1986) se nos avista que para aquella época en Pachuca morían de a poco los días gloriosos de la opulencia minera, la que en diversas épocas fue capaz de mantener la ambición de españoles, ingleses e incluso llenar las arcas del entonces estado de México, al que nuestro territorio pertenecía. En ese tiempo se desarrollaba una vida cotidiana entre no más de unos cuantos miles de habitantes en un área que comprendía los barrios viejos, ubicados al norte de la ciudad, como Camelia, San Juan Pachuca, la Españita, la Alcantarilla, San Clemente y otros, hasta los límites establecidos en lo que hoy conocemos como el ex convento de San Francisco y cuya convivencia social tenía como espacios principales la Plaza Mayor, hoy conocida como Plaza de la Constitución, las Cajas Reales y la Iglesia de la Asunción, mudos testigos de los acontecimientos que dieron lugar a esta leyenda popular que da nombre a un barrio de nuestra capital.

Se cuenta que dicha historia se desarrolla en el Barrio de la Garita, uno de los más antiguos de aquella época, llamado así por el edificio de Garita colocado a las afueras de Pachuca, con rumbo del camino viejo a Mineral del Monte, donde se realizaba el cobro de impuestos de la entrada y salida de mercancías de la ciudad.

En este barrio, uno de los más pobres –cuyos pobladores no referían las mejores maneras de ganarse la vida, siendo incluso recoveco de ladrones y malandrines– vivían tres músicos ciegos que compartían una muy humilde morada, así como la forma de subsistencia, y para ello mendigaban frente a la garita, al pie del camino, ofreciendo a los viajeros canciones tradicionales para llenar los oídos de sus efímeros oyentes en busca de recibir alguna moneda en recompensa que les hiciera más fácil de llevar sus infelices días.

Así transcurrió su vida, hasta que un mal día pasó por ese camino un distinguido caballero español montando a caballo, quien detuvo su andar a la orilla del sendero para apreciar las notas de aquellos improvisados artistas a quienes escuchó con atención. Una vez terminada la pieza, el hombre –queriendo jugarles una broma a los ciegos–, alzando la voz, gritó “¡Bravo! ¡Vaya un doblón de oro por tan excelente presentación!” Al momento lanzó al pie de aquellos tan solo un pedazo de metal inservible, parte de una espuela sin ningún valor, y acto seguido arrancó al galope y desapareció.

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Recuperación de cirugía de cataratas. Nayarit. Habitar la oscuridad. Mac. 1999

Los ciegos, pensando que el distinguido caballero efectivamente les había otorgado la preciada moneda, empezaron a buscar a tientas entre la tierra para tratar de hallarla sin encontrar nada, por lo que empezaron a discutir entre ellos sobre quién la tendría, culpándose entre sí. Pensaron cada uno que el otro la escondía para quedarse con ella, así que la disputa se volvió a los insultos y después, aún más acalorados, pasaron a los golpes y el rencor llenó sus corazones. Aquellos infelices, entre la oscuridad de su ceguera, empuñaron sus cuchillos y se lanzaron uno contra el otro apuñalándose con furia hasta que sus cuerpos inertes quedaron en la tierra ya sin vida.

Fue así que estos tres invidentes, quienes habían compartido los sinsabores y tristezas de su vida, murieron llevados por el rencor y la avaricia desatada por la broma despiadada de un ilustre caballero quien al jugar aquella chanza, jugó también el fatídico destino de aquellos desdichados.

Cuenta la leyenda que algunas mujeres que vivían en el lugar se apiadaron de los infortunados ciegos y…

iconHoracio C. Hernandezdslr-cameraMarco Antonio Cruzdslr-camerainternet

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