Aquél delirante bípedo implume

Afirma el filósofo pop Peter Sloterdijk que la gran convicción para el hombre antiguo era la imposibilidad de asumirse como pobre. Cuando nacemos somos copropietarios del cosmos. “Uno es ontológicamente rico cuando siente que pertenece al cosmos y es copropietario de todo. El mero hecho de ser representa riqueza”.

En una época de exacerbada devoción por el éxito económico, el consumo y la tecnología, mientras que se rechaza al ascetismo, la figura de Diógenes nos hostiga y atormenta, no como el tábano que Sócrates proclamaba ser, sino como el pesado báculo que Antístenes levantó con furia sobre la cabeza de Diógenes cuando éste le solicitó formar parte de su escuela –la de los cínicos– y convertirse en su adepto. Seguidor de Sócrates –y testigo de excepción en las horas finales del maestro ateniense cuando fue obligado a suicidarse bebiendo cicuta acusado de impiedad– Antístenes era poco proclive a recibir discípulos, pero la obstinación y singularidad de Diógenes hicieron que en lugar de descargar su báculo sobre el aspirante lo aceptara en el gimnasio del Cinosargo y lo hiciera participe de sus enseñanzas.

Diógenes se instaló en las antípodas de la trivialidad con un claro interés en la anulación del egoísmo, en el camino de la restauración de la conciencia y en la vida en consonancia con la naturaleza. Original de Sinope –en lo que hoy es Turquía– cruzó el estrecho de los Dardanelos en dirección al corazón de la Hélade luego de que junto a su padre –el banquero Icesio– hubiera sido condenado al destierro, y su progenitor a cadena perpetua, por haber falsificado monedas después de que, al consultar al oráculo de Delfos; éste –con la ambigüedad característica de sus respuestas– le planteó subvertir las convenciones existentes a través de la adulteración del dinero circulante. “No me condenan ustedes al exilio, yo los condeno a permanecer por siempre aquí”, les manifestó a sus paisanos mientras marchaba de su ciudad. Poco tiempo transcurrió para que Diógenes dejara a Antístenes por considerar que su tutor muy poco hacía en comparación a lo que la doctrina cínica establecía donde la simpleza y la frugalidad mandaban. Se refugió en un tonel a vivir, sólo atesorando –si el término cabe–, un manto con el que se cubría en cualquier época del año, una escudilla, un zurrón y el bastón característico de los cínicos que –al comer muy poco y mal– necesitaban para el momento en que la energía los abandonaba. En una ocasión Diógenes se encontraba atónito columbrando a un niño que comía sus lentejas en un trozo de pan y bebía agua después de acunarla con las manos. Se dio cuenta que había estado viviendo una vida superflua y lujosa. Aquél chico le había dado una lección de austeridad y con rabia arrojó su escudilla y se deshizo de ella. Nos hemos acostumbrado a vivir acompañados de numerosos objetos –muchos de ellos inútiles– que ofrecen cubrirnos de atributos y virtudes que sólo es posible encontrar en nuestro interior, no en elementos exógenos. “¡Cuántas cosas no necesito!”, profería Sócrates con sorna cuando vagaba por algún tianguis heleno desbordante de mercaderías.

Al ser capturado por corsarios y expuesto en un mercado para ser vendido como esclavo alguien le preguntó a Diógenes qué sabía hacer, a lo que él respondió con aplomo y sin ambages: “¡Mandar!” Y pidió ser entregado a un hombre emperifollado ostensiblemente con ropas costosas y abundantes joyas del que sin duda se intuía necesitaba un amo. Jeníades de Corinto el personaje que adquirió al filósofo fue confrontado por el cínico que le demandó subordinarse a él “Si compraras a un médico, ¿no lo obedecerías?”….

kanik-hmd1

icon/dslr-cameraCarlos Turrubiarte

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