Snickers

El Huapango de Moby Dick

kanik-hierbasanta2.jpg

Antonio jamás había conseguido regalar algo a su madre. Nunca, el desventurado salario que recibía como empleado de mostrador en la ciudad donde nació había sido suficiente, tan siquiera para poder comprarle un rosario de marfil. Nunca había podido despojar de su madre aquella contorsión en el rostro, ese gesto de angustia debido a la carencia. Esta vez era distinto, su nuevo trabajo como cocinero había servido para pagar el alquiler de la buhardilla, un traje nuevo de tres piezas, un par de zapatos azabache y enviar dinero a casa para su madre y su hermana.

Antonio aguardaba con entusiasmo al sábado para recibir, además de la paga, el envoltorio con las propinas, aquellas propinas que se incrementaban inevitablemente semana a semana. Un anuncio en Craigslist, cuatro días después de arribar como ilegal a Los Angeles había arrojado a Antonio a la fría silla de una entrevista de trabajo en la cocina de La Refinería.

-¿Tienes un número de seguridad social? -disparó el jefe de cocina.

-No, -respondió Antonio con vergüenza y timidez.

Mirando de reojo a Milosz, mientras en la calle Home is where the hatred is de Gil Scott Heron se confundía con el estruendo de una excavadora golpeando contra el pavimento, Richard Cooper elevó su poderosa voz.

-Tú eres polaco ¿no es así Jeff?

-De Wroclaw Richard. Y Rafat es paquistaní, Carla es italiana, Horacio colombiano, Alice escocesa, Cliff irlandés y Park coreano, enlistó con áspera cadencia Jeff después de aspirar profundamente el cigarrillo electrónico con aroma a regaliz que sostenía con los dedos índice, corazón y pulgar de su mano diestra.

Cooper encendió un cigarrillo y dio un largo trago al humo mientras entrecerraba los ojos y contraía las cejas. Las arrugas de su frente formaban perfectas estrías perpendiculares a su nariz. Las volutas de humo navegaban sigilosamente hacia el costado este de la cocina.

-Yo tengo respeto por todas las religiones, aunque no esté de acuerdo con ninguna y el hecho que tu piel y la mía tengan distinto color no es más que la consecuencia de un accidente geográfico. Así que sin duda aquí somos todos inmigrantes. Tendremos que inventar un número de seguridad social para tus papeles. Te veo mañana a las nueve. El chico que lava los platos se rompió una mano patinando y necesito que lo cubras, -remató Cooper.

Transcurridos algunos meses después de aquél interrogatorio sucedido en la habitación de los fogones, Antonio boleó sus zapatos con grasa negra El Oso, descendió las escaleras al tiempo que removía inexistentes máculas en su camisa y cerró la puerta con suavidad tras de sí. La ciudad se desplomó sobre su testa, Antonio sintió una incandescente pira recorrer sus vértebras y cruzó sin mirar los coches que atravesaban la calle de Bell.

Elena se hallaba de pie justo debajo de un letrero de neón que rezaba Don´t try. El bar se encontraba en la unión de Helmcken y la sexta, un lugar frecuentado por mochileros,  proxenetas,  embaucadores y malhechores en letras minúsculas. Una pequeña torre de Babel, un oasis multiétnico. La noche era color malva, la luna inexistente y en las comisuras de Elena había rastros de pálida espuma.

A través del cristal Elena hace una señal a Antonio para que éste entre en el bar. Dos cervezas se apoltronan en la mesa de corcho reciclado cuando una joven a la que le falta el brazo derecho se acerca a ellos para extenderles una cesta con chocolates. La manga inhabitada del suéter turquesa delata su condición, Antonio entrega un billete arrugado a la chica que se despide con un lánguido y cauteloso Thanks guys.

Antonio parte por la mitad la barra de chocolate que hace referencia al caballo más querido del señor Mars, y que aunque la envoltura no lo diga tiene su origen en el xocolátl y el tlalcacahuatl aztecas, que cruzaron el Atlántico en buques europeos para siglos después ser vendidas en todo el mundo por millones desde Tacoma, Washington.

La medianoche se asomó, era jueves dos de julio, el mismo día que Hemingway había elegido para despedazarse los parietales con un fusil para cazar búfalos.

Antonio tenía siete dólares en el bolsillo y una barra de chocolate snickers a medio terminar, quería quedarse con Elena pero se fue. Debía estar en un par de horas en La Refinería listo para la faena del día viernes.

iconAlberto Hierbasanta dslr-cameraAlberto Hierbasanta

Continúa disfrutando SerLenguaje en nuestra versión electrónica. Nota completa aquí.

 

Anuncios

Sé libre y comparte tu opinión:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s