El permiso: contemporaneidad del carnaval en la huasteca

Entre más oscuro sea su origen, la manifestación

se vuelve aún más antigua e interesante.

El carnaval en la región de la huasteca, particularmente en rancherías y pueblos, es una práctica tradicional y solemne que busca la convivencia o el recuento de compromisos generados a través de la cotidianeidad, así como el refuerzo de las relaciones de respeto y responsabilidades entre grupos familiares y comunitarios.

Esta época también se liga, en algunos casos, a prácticas funerarias de cierta complejidad por lo difuso de su interpretación. Algunas personas señalan que es época para ofrendar a las personas que murieron de manera incidental, violenta o no natural. Esta referencia indaga en el colectivo para pensar en el carnaval como una fiesta profana y oscura que obliga a buscar ciertas precisiones en las ciencias sociales.

Previo al miércoles de ceniza se mezcla, entre la población de la huasteca, una fiesta mestiza que se ha venido construyendo a través de los años. Para los grupos mestizos, en algunas cabeceras municipales con mayor fuerza, se recrea el carnaval contemporáneo, que retoma algunas prácticas de las fiestas antiguas con algunas características muy genuinas.

Con el paso de las épocas y considerando, en su justa dimensión, las aportaciones de los pueblos antiguos y su relación posterior con lo colombino, dan idea de la constitución de esta fiesta contemporánea. Dos grandes versiones que regalan una serie de expresiones entre lo tradicional y popular que dan el gusto y gracia a esta época festiva.

Los Orígenes

La fiesta antigua del “nanauatillis”, que se puede leer de manera tácita como el tiempo o la época o cambio de mando en la vida de las comunidades, es la reminiscencia de antiguos enfrentamientos entre grupos nativos de la huasteca, y que se puede identificar en las expresiones genuinas con que se acompaña. Es la fiesta oscura o de los nahuales.

Las características propias que el nanauatillis aporta a la expresión actual, pueden delimitarse con la ejecución y recorrido por las casas de sus danzas de mecos o pintados con su grito típico, el golpe de sus varas y el sonar de los “cuatecolometl” (instrumento de aliento construido con la planta de este nombre), actualmente sustituido por el cuerno vacuno y el consumo de alimentos propios de la época como xojol, el zacauil, ixpepech (tamal con pemuche, ajonjolí o flor de izote), atole agrio (maíz molido y se acompaña con frijol y cilantro).

La pintura es una representación propia de esta expresión; decir que el único carnaval en donde la gente se pinta es el que se vive en la huasteca, puede inferir en la relación de esta práctica de pintarse con tierras y carbón por parte de los danzantes de los mecos que surge año con año en algunas localidades indígenas.

La danza del meco es la expresión más genuina que se conserva de la fiesta antigua. La representación sencilla y autóctona de esta muestra del teatro campesino nos obliga a escudriñar su importancia histórica y antropológica, con la cual se explica su existencia.

La danza de los mecos deja percibir sus genuinas estructuras comunitarias:

  1. Su aparición y desaparición cíclica y anual es de orden popular y comunitario; no depende de convocatorias administrativas o institucionales y la formación de los grupos están, más bien, ligados a la autoridad de la comunidad así como sus ensayos y preparación a las jerarquías organizacionales de sus pueblos.

  1. Su sencillez y austeridad manifiestan su poca intervención contemporánea. Consta de tres pasos sencillos. Su música es sencilla, aun a pesar de su transportación a instrumentos mestizos de cuerda, y cuya ejecución original debió usar los instrumentos autóctonos de la región.

  1. La forma de pintarse está ligada a los materiales disponibles en la naturaleza, como tierras, tepetate, axiote y cascara de pemuche, que regalan diversas combinaciones de colores para el danzante, y el estilo de la decoración y pintado recuerda los trajes de camuflaje de antiguos guerreros prehispánicos.

El manifiesto que algunas localidades indígenas impregnan a esta época con respecto a sus relaciones comunitarias es muy genuino. La práctica de realizar visitas a los padrinos (compadres de pila), en los días de carnaval es sumamente importante. Los papas de los ahijados, desde muy temprano, llevan ixpepech o zacauil, se saludan con mucho respeto y se enfloran. Los padrinos ya esperan a sus ahijados con alguna prenda como regalo.

Los pueblos mestizos han construido su propia celebración con el paso de los años, sustentado básicamente en la pintadera libre (utilizan pinturas, harina o carbón mas no tierra), convertida en un juego popular y de convivencia.

Cada pueblo adopta genuinas expresiones de algarabía y bufonería que se convierten en populares

El carnaval de las cabeceras municipales en una convivencia que, en mucho, vive en la memoria de la gente. Los años envejecieron a los “gustadores y jugadores de carnaval” que dieron furor y festividad a los días previos al miércoles de ceniza. Las nuevas generaciones se manifiestan en una libre, desordenada e inusual pintadera.

La fiesta inicia el domingo con la elaboración del zacauil y xojol, los cuales se meten por la tarde a cocer en los hornos. Este típico alimento se consume en casa y con la familia el día lunes por la mañana, acompañado de café; algunas familias acostumbran a compartir la comida con vecinos y familiares.

Se interpreta como un permiso para dar rienda suelta a manifestaciones y excesos humanos, como la comida, la bebida, el juego y el humor, para, posterior al miércoles de ceniza viene el tiempo de guardar respeto a la cuaresma y esperar la Semana Santa.

La población gustadora de esta fiesta suele reunirse para jugar, pintarse, tronarse cascarones y bailar con música de viento.

En los últimos años se han incorporado prácticas, imitando a ciudades de la región, del país y del extranjero, como el desfile de carros alegóricos, que si bien es cierto condicen de alguna manera la alegría y la expresión de la gente, no deja de ser un proyecto instituido por el gobierno en turno y algunas escuelas.

La importancia de la fiesta actual radica en que guarda algunos activos de los rituales antiguos del nanauatilis, y que incorpora la manifestación alegre y espontanea del pueblo.

Algunas comunidades mantienen sus expresiones más ligadas a su origen étnico y del nanauatilis con la innegable aportación católica, mientras que la parte mestiza sigue en su lucha por encontrar su legítima manera de celebrar su carnaval popular y contemporáneo.

No es tarea fácil dar definiciones únicas ni formas de celebración desde lo correcto para el carnaval; lo cierto es que siempre será el tiempo ideal para pensar en la reconstrucción, hasta lo posible, de lo que es auténtico y genuino en los pueblos.

La dispersión del conocimiento de la fiesta en sí, la influencia de lo moderno y la complejidad de su organización son los retos que la población y sus autoridades tienen para dar futuro a esta importante herencia cultural.

iconEfrén Fayad Islas dslr-camera Jesús Alberto Cabrera Sanchez

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