El Buda del suburbio

El Huapango de Moby Dick

Me calcé los zapatos deportivos y escolté a Sara hacia la cocina. Los caireles de su cabello formaban extravagantes espirales que se desparramaban sobre sus orejas y hombros. Hélices color bermellón. El bocadillo que construyó contenía una combinación pantagruélica de tubérculos, chícharos y zanahorias, además de una horda de pimientos búlgaros cortados en diminutos dados. Era un momento por la mañana, en el que el sol, a pesar de no atisbarse por ningún sitio, hacía ocho minutos que estaba ahí.

Sara emitió un interminable bostezo para luego reclamar que la aldaba de la ventana del patio interior requería arreglo, y que era esa la cuarta ocasión que me suplicaba que hiciera algo al respecto. Con desgana me aproximé a la ventana para contemplar el daño e inesperadamente se escucharon unos afilados alaridos femeninos. Alguien, tres niveles arriba, amenazaba con arrojarse al vacío desde aquella cota, si el marido no abandonaba la vivienda en ese preciso instante.

“¡Otra vez!, no puede ser”, masculló Sara con esa elegante mueca que le acompaña cuando está enfadada. Salimos del lugar y recorrimos el extenso y oscuro corredor de paredes pardas que nos lanzaría a la calle. El coche de Sara aguardaba a un costado de la acera, con los faros y el cartabón metálico de la insignia destartalados. Ocupé el asiento del acompañante, estrujando con fuerza, al proyectarme hacia el interior, el papel madera con el bocadillo dentro.

Doce minutos transcurrieron para hallarnos frente a un edificio color mostaza, de donde un par de hombres surgieron. El estruendoso motor del vehículo de Sara anegaba el alba. Ella, sin descender del automotor, se despidió aleteando su mano izquierda, balbuceando para sí misma algo inaudible. Tomás abrió el maletero de su automóvil para que yo depositase mi mochila. Adrián se lanzó al fondo de la parte trasera, por lo que no tuve más remedio que acomodarme adelante.

“Debo recoger a dos amigos antes de enfilarnos a ciudad capital”, advirtió Tomás. Abrí el libro de Huxley en la página cincuenta y seis. Nos dirigimos al norte hasta alcanzar la vía rápida y a una velocidad endiablada empezamos a engullir el asfalto. Espantado, me asomé al área donde se encuentran los instrumentos. Ciento ochenta kilómetros por hora marcaba una marchita manecilla. Uno a uno, insignificantes vehículos quedaban atrás, mi agobio era intenso. Adrián permanecía imperturbable con los ojos cerrados. Alcanzamos el poblado llamado Casagrande y en una solitaria intersección, dos jóvenes con densas barbas y en mangas de camisa esperaban. Cedí la butaca a uno de los barbados −que parecía un consumado leñador− y me instalé atrás, a un lado de Adrián. El nuevo copiloto encendió el reproductor de sonido y conectó al mismo, el cable rojo de un minúsculo dispositivo electrónico que detonó She’s a rainbow.

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“Será un gran concierto, después de siete años, los Rolling Stones están de gira otra vez”, articuló en el sillón posterior el barbado número dos. En el camino hicimos un alto en una estación de combustible y sentados sobre el deslavado borde amarillo de la banqueta, Adrián reflexionó sobre Huxley: “Su obra es una revelación”. Dividí el bocadillo por la mitad y le ofrecí uno de los trozos. Las migajas se despeñaban desde su boca y se atascaban en la ensortijada pelusa que se alojaba en su barbilla.

Adrián se dirigía a ciudad capital para visitar a un amigo que vivía en un vetusto hospital que hacía tres décadas había sido ocupado por un colectivo de anarquistas. Los otros me dejarían en alguna parada de metro de la línea púrpura antes de encaminarse a la gala de los Stones. De vuelta en el pavimento, desde el costado en el que me hallaba, un estallido irrumpió. La rueda trasera se había desprendido y causado un frenético zigzagueo. Tomás batallaba para controlar el timón. Pasaron algunos segundos hasta que el búfalo de acero se detuvo con dificultad y consiguió llegar al acotamiento. Adrián dormía sosegadamente al ocurrir el accidente. El volumen y la cadencia de su respiración parecían inalterables.

Saltamos fuera de la máquina y con inmediatez, la Policía se encontraba en el lugar. El conductor de otro vehículo exigía con chillidos –y con violencia− el pago por los daños que había causado el neumático al golpear su camioneta color arena. Tampoco el personal del seguro tardó en arribar. El calor calcinante se precipitaba con rabia sobre nosotros. Adrián se alejó un poco y se colocó en posición de flor loto al otro lado de la valla de contención a la sombra de un imponente encino. De su morral extrajo un paquete con tortas de arroz y un tarro de mermelada de ciruela. Desde su confortable posición me preguntó si quería un poco. El caos se apoderó de la escena, los bramidos del conductor afectado eran insoportables, la Policía no cesaba el interrogatorio y los del seguro no dejaban de llenar formularios. Horas más tarde apareció una descomunal grúa que llevaría el estropeado auto a un taller mecánico. Adrián ahora con los ojos cerrados recitaba un mantra. Interrumpí su ritual para avisarle que debíamos subir a la grúa y continuar el viaje.

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