Es de madrugada

El Huapango de Moby Dick

Cada vez que escribo, nunca tengo una estrategia precisa, ni un argumento, ni delineo bien a los personajes, ni tengo idea de hacia dónde transcurrirá el relato. Todo se va haciendo en el camino, es un poco así mi vida, me arrojo al barranco buscando encontrar soluciones a medida que voy recorriendo el abismo. No me sorprende que esta falta de método y la crisis me hayan llevado a terminar escribiendo en la sección de sociales de un periódico que pocos leen y que para elevar sus ventas hace un vasto e insípido recuento cada semana de las reuniones que distintos colectivos se empeñan en celebrar. Estos grupos ingresan en un túnel paralelo a la realidad cada vez que festejan una boda, unos quince años, un bautizo o una graduación para transformarse por algunas horas en un anodino culto que canta y baila las mismas canciones desde hace veinte años.

Mi cabeza estaba fija en ese momento, en la orden que encontré dentro de un sobre arrugado al entrar en aquél lúgubre espacio en la oficina. Un rincón sin luz con manchas amarillentas sobre lo que alguna vez fue un papel tapiz de moda, el olor a humedad todo lo contaminaba y en la pared había un calendario de hacía siete años de una carnicería cercana, un afiche del dueto argentino Pimpinela y un reconocimiento enmarcado que la Asociación de Medios Impresos del Centro de la República otorgaba al periódico por haber cumplido las normas de calidad del sector.

El contenido del sobre era contundente: “Este fin de semana no vas a cubrir a los graduados de medicina, se enfermó un reportero y te necesito en la plaza de toros, búscame por la tarde”.

Yo crecí en una casa sin libros, mis padres apenas terminaron la primaria, era la mía una casa sin libros pero también era una casa sin toros. La afición de mi padre era acudir al parque Delta para aupar a su beisbolista favorito, el segunda base cubano Jesse Flores. Mi madre disfrutaba con el punto de cruz y escuchando la estación de radio 6-20. “A mí los toros me parecen una espantosa tradición, primitiva y un espectáculo kitsch de mal gusto”, pensé, “pero necesito el trabajo y el dinero para poder sobrevivir mientras alguien publica el mamotreto que desde la universidad he venido escribiendo. La semana pasada conocí a un editor al que le interesa leer los dos primeros capítulos, si tengo oportunidad pronto me publicarán y podré librarme de este estúpido trabajo”. Mi imaginación estalló y por un momento me sentí un poderoso emperador de alguna cultura prehispánica que con el sólo aleteo del dedo índice podría convertir cualquier deseo en realidad.

“Si escribes una buena nota en tu periódico y evitas hablar de las mordidas que hemos dado para que la delegación no cierre la plaza te regalo una noche en el Marquis”, balbuceó el empresario de la plaza de toros.

“Canta conmigo, no seas aburrido”, suplicaba Mariana, “mejor vamos a bailar, ¿sabías que antes de estudiar fotografía asistí a la escuela de danza hasta que mi rodilla se partió en pedazos?”, vociferaba Mariana quien simultáneamente y delante del espejo intentaba repetir las evoluciones que en el pasado probablemente ejecutó con delicadeza.

Desconcertado por las imágenes que mi memoria hacinaba de la plaza de toros, comencé a plantear preguntas disparatadas en voz alta sin atender a la bailarina frustrada:

“¿Cómo será el mes del Ramadán en Algeciras?, ¿las uñas crecen por las noches?, ¿Topolobampo está en Sonora o en Sinaloa?”

El toro siendo atravesado por la lanza del rejoneador, la piel cuarteada por el sol del torero, sangre que emerge y mancha la arena. El público aúlla rabioso. Imágenes de un apocalipsis citadino resuenan en mi testa. Mariana canta un bolero que sin duda es parte de la música que llegó para quedarse. El olor de la sangre del toro se mezcla con el aroma de los cítricos que descansan en una charola en la mesita de noche.

Es que te has convertido/en parte de mi alma/ya nada me consuela/si no estás tú también/ más allá de tus labios/del sol y las estrellas/contigo a la distancia/amada mía/estoy/”, expele el reproductor. Mariana sube el volumen a la música y cambia el objetivo de su cámara.

Es de madrugada.

iconAlberto Hierbasanta, dslr-camera Alberto Hierbasanta

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