Folclorismo que humaniza

Él es Alejandro Camacho, vive en Tulancingo y representa a México ante uno de los consejos de promoción cultural integradores de la UNESCO

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Alejandro Camacho ya es un nombre insignia para la danza local y quizá su trayectoria reserve a la historia de Tulancingo y la de Hidalgo un legado muy a la altura del sello que heredó Amalia Hernández al folclorismo mexicano.

 El título no le viene mal cuando profundiza en los alcances del folclor y ve en la enseñanza del baile típico no sólo la oportunidad de preservar el patrimonio sino de sensibilizar al mundo: “formar mejores personas”; esta ambiciosa idea es lucha palpable entre los jóvenes matriculados en la escuela que lleva su nombre, donde forja una compañía de danza con la que muy a menudo se atreve a zapatear por el mundo.

 La vocación transformadora de quien fue nombrado en 2006 ciudadano distinguido de Tulancingo pone a prueba la viabilidad de sus metas por las que promueve la danza tradicional a través de festivales en su ciudad natal y, desde París, como vicepresidente del Consejo Internacional de Organizaciones de Festivales de Folclor y de las Artes Tradicionales de la Unesco, su misión, seguro, es todavía más extensa que el nombre de este órgano mundial.

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 La experiencia de Alejandro Camacho confluye aquí con la de maestros de 117 países y por lo menos 300 festivales que inscriben a cientos de miles de jóvenes que bailan por la paz o que se reúnen cada cuatro años, como en la suerte de los Juegos Olímpicos, en una folcloreada retadora de todo obstáculo para la unión de los pueblos, que se atreve a unir en la danza, por ejemplo, a palestinos con israelíes. De ahí que esté convencido que la cultura puede hacer todavía más al interior de su país, donde faltan recursos y voluntades para elevar el valor de sus danzas tradicionales y donde algunas personas todavía ven a los trajes típicos como vistosos disfraces.

 Los problemas para reconocer y difundir la danza folclórica no son exclusivos de México, Camacho se conmueve con el caso de Holanda donde ni los niños ni los jóvenes muestran el menor interés. Los bailarines más chicos, dice, rondan los 50 años. Entonces es necesario que los festivales llamen a las luces nacientes, se adapten a su tiempo, recreen escenas para conquistarlos y formen un vínculo que los acompañe en la vida.

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 El también fundador y director de la Compañía Folclórica Magisterial de Hidalgo asume un reto adicional, el de encausar “la fuerza política de la cultura”, una estrategia que busca consolidar cuadros de bailarines para que ocupen un lugar activo en la construcción de leyes, programas y políticas públicas que revelen el poder del folclor para humanizar masas.

iconAlejandro Galindo dslr-camera Francisco Santiago, Miguel García

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