Las esquirlas de plata de una leyenda

Siglos después, los aguaceros tropicales arrancarían con paciencia las esquirlas de plata enterradas por el tiempo en el patio de aquel convento. La voz popular recordaba allí el crisol sagrado de la fundición, cuando en el siglo XVIII nacieran las más exquisitas obras del arte religioso de la antigua Santa María del Puerto del Príncipe (Camagüey, Cuba).

El orfebre mexicano don Juan Benítez fue el encargado de dotar al Convento de la Merced con tales piezas, la más notable de ellas el Santo Sepulcro: una gran arca de plata, ricamente cincelada, destinada a guardar en su interior la imagen de Cristo yacente y que es desde entonces uno de los exponentes de orfebrería de mayor tamaño y elaboración de la isla.

El artista forjó también unas andas para la virgen de los Dolores, así como el altar mayor del templo, su sagrario y varias lámparas monumentales. En las manos de don Juan Benítez, el primor de las obras; en la perdurabilidad de las leyendas, la historia del Santo Sepulcro que he de contarles.

Don Manuel Agüero y Ortega debió ser un hombre inteligente, misericordioso y respetado en el Puerto del Príncipe del siglo XVIII, cuando a la edad de 35 años recibió las sagradas órdenes y en 1756, el obispo Morell de Santa Cruz durante su visita a la Villa lo incluyera en la relación de sacerdotes de esta parte del país.

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El ejemplar principeño, que ya había desempeñado los cargos de alcalde ordinario, capitán de milicias y sargento mayor de la plaza, comenzó su carrera eclesiástica ante el sufrimiento por la muerte de su idolatrada esposa doña Catalina Bringas, de cuya unión había nacido numerosa prole, siendo el primogénito y más amado José Manuel Agüero Bringas.

La ausencia de Catalina no sería la única desgracia en la casona solariega de la calle Mayor, donde durante dos décadas vivió el próspero matrimonio. Los infortunios de una tragedia, con todos sus matices novelescos, marcarían el destino del linaje Agüero y sorprendentemente el nacimiento del Santo Sepulcro.

La historia recoge que el primogénito José Manuel creció junto al hijo de una viuda a quien su padre favorecía. Aunque no se sabe con certeza quién fue este muchacho de apellido Moya, ambos jóvenes estudiaron juntos en La Habana, donde conocieron a una hermosa mujer.

Quiso el destino que la pretendida escogiera a José Manuel, favorecido además por el apellido y la fortuna familiar. Moya, resentido ante la elección de la joven y celoso por los privilegios del heredero legítimo, asesinó a José Manuel de forma aún no esclarecida, ni siquiera por el imaginario popular.

Lo que sí cuenta la leyenda es que el joven agonizando repitió una y otra vez ante un juez: “El que me ha herido está perdonado, completamente perdonado por mí, para que Dios a su vez también me perdone y tenga misericordia de mí”.

Remordimientos, miedo, culpa y dolor debió albergar Moya en su alma, cuando desesperado regresó a Puerto Príncipe y contó toda la historia a su madre, quien de inmediato confesó ante don Manuel, su benefactor, padre de la víctima y sacerdote de la Merced.

El misericordioso hombre entregó dinero y un caballo para que el traidor huyera a México y a la madre le duplicó la pensión mensual que le entregaba, como muestra de agradecimiento por su dignidad y altruismo.

La sucesión de desgracias llevó a don Manuel a ingresar como fraile en el vecino convento de la Merced, con el nombre de Manuel de la Virgen, y a dicha orden mercedaria destinó la parte de la herencia del hijo asesinado: grandes talegos repletos de pesos de plata mexicana, con los cuales fueron pagadas las obras y, por supuesto, el Santo Sepulcro.

Los devotos principeños promovieron la creación de una cofradía de negros libertos encargados de llevar el sepulcro durante las procesiones. La responsabilidad fue transmitida de padres a hijos y las almohadillas usadas en los hombros, para soportar el peso, eran colocadas en las cabezas de sus posesores al morir.

Fueron también las campanillas de plata del sepulcro bautizadas con el halo de misticismo, atribuyéndoles el poder de la sanación, por lo que muchos se adueñaban de aquellas desprendidas durante la ceremonia y otros las arrancaron para conservarlas como reliquias, por lo que varias familias ilustres hubieron de donar plata para forjar otras nuevas en fechas específicas.

Leyenda al fin, después de asesinatos, huidas, misterios y prodigios, debió llegarle en 1906 la mayor prueba de fe al pueblo camagüeyano cuando un incendio asoló la iglesia de la Merced… el Santo Sepulcro y las andas de la virgen se salvaron.

Don Manuel Agüero, quien había fallecido en aquel convento el 22 de mayo de 1794, dejó al legendario Camagüey una de las historias más conmovedoras y características de las virtudes y los defectos humanos: la leyenda del Santo Sepulcro, pieza litúrgica de don Juan Benítez, la más importante de Cuba y una de las muestras de orfebrería de mayor tamaño y exquisitez realizadas en las Antillas durante la época colonial.

icon Lourdes Mazorra López dslr-camera Adriana García

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