El Huapango de Moby Dick

Azul chiclamino

Desciendo con insólita agilidad la espiral de desafiantes escalones. Una sucesión de largos tablones de estropeada madera tostada que en su conjunto y a vuelo de pájaro parecen la desvencijada carcasa de un caracol nautilus. El crujir tras mis pasos resuena y la exigua luz me impide imprimir mayor vértigo a mi bajada. Al llegar al tramo final observo que la puerta está entreabierta y que por ahí se escurre una luz calcinante hacia el interior. El ensordecedor silencio contrasta con el escándalo que hay fuera. El edificio que abandono está cerca de un semáforo y de una estación de metro, para mí desconocida.

Cerca hay un mercadillo que debo cruzar para llegar a la oficina postal. Me sorprende el precio tan bajo de los yogures y pienso que si pudiera comprar sólo uno y no el paquete completo, ahora mismo disfrutaría de una suculenta selección de frutos del bosque. Cinco jóvenes que visten ropa y zapatillas deportivas se encuentran reunidos en un corrillo a un lado de una farola rota. Me saludan con familiaridad, quizás porque piensan que también vivo en el vecindario. Levanto la mano derecha, la agito en oposición al viento, sonrío con poca gracia y prosigo mi marcha.

En la oficina de correos hay una larga fila, sin embargo me dirijo a un desocupado mostrador al fondo, donde un empleado que viste un overol color absenta con desmesuradas franjas plateadas que le cruzan el pecho, levanta unos bultos. El trabajador voltea, cuando se percata que estoy cerca. La caja con las dimensiones que requiero –sesenta centímetros de alto y cuarenta centímetros de ancho– no existe en la tienda y las que me muestra son minúsculas. Aprecio de cualquier forma su atención y su buen humor. Me dice que no lejos de ahí, en dirección a la iglesia de San Jorge puedo encontrar una papelería. Me traslado con esperanza hacia el lugar que me ha indicado.

El olor del lugar es agradable, hay una cantidad extensa de objetos –pienso socráticamente y exclamo para mí, “¡cuántas cosas que no necesito!”– El dependiente, que es un hombre que viste un suéter gris níveo con trozos de plástico que le rodean ambos antebrazos y tocado con una visera color higo, me atiende con desgana. Me enseña dos tipos de cajas. Otra vez son diminutas. Nunca podría hacer caber en aquellas cajas, los doce bastidores que yacen desamparados en la húmeda bodega de la avenida Universidad. Salgo del local y avanzo por la serpenteante vía que desemboca en una plazuela. A un costado de la plazoleta, hay una librería a la que acudía hace años con frecuencia a sentarme en un esponjoso sillón no sólo a ojear y hojear libros, sino a leerlos en toda regla sin adquirirlos.

Había una biografía de Chavela Vargas, escrita de su puño y letra con el título Y si quieren saber de mi pasado –como canción de José Alfredo– del que quedaba ya sólo un ejemplar. Como no me era posible leer, en una sola sesión las trescientas doce páginas porque soy un pésimo lector, debía esconder el volumen entre las ediciones académicas, de ciencia, biología, abogacía o bricolaje que se ubicaban en el extremo opuesto a la sección de literatura, con la intención de encontrarlo la siguiente vez y poder terminarlo sin que estuviera ya agotado. El ardid funcionó y pese a mi desvergonzado cinismo nadie se dio cuenta y pude repetir el mecanismo con otros textos.

Continúo hacia lo que desde mi posición tiene pinta de ser una estación de metro. Es mediodía y hay poca gente esperando el convoy. Hay una paloma de ala blanca muy cerca de la línea de seguridad. El ave da unos pasitos hacia enfrente y luego retrocede al escuchar el contundente rugir que anuncia la cercanía del vagón. La escena me divierte. Adentro no se aprecia ningún asiento disponible. Sujeto el tubo metálico que pende sobre mi cabeza.

Advierto que quien está sentado delante lee a Albert Camus. La oscilación del vagón es continua y me impide reconocer la obra. Han transcurrido cuatro estaciones y percibo que hay un lugar vacante. Camino entre los asientos hasta colocarme encima del duro plástico de la butaca. Junto a mí hay una joven que enreda su cuello con una bufanda multicolor. Tiene, hasta seis pulseras ensartadas en su antebrazo derecho. Está leyendo a Sartre. Su bolso está abierto y puedo ver unos cosméticos, una pequeña libreta y un par de preservativos de envoltura roja metalizada.

Abandono el transporte subterráneo y me encumbro desde el subsuelo. A la par, se desvela el estadio de tenis. El torneo no iniciará hasta dentro de unos meses, así que además de descuidado, el recinto me parece insignificante. Hay basura que revolotea sobre la arena dorada y apisonada que rodea al cuerpo de cemento y varilla al que rematan unas grandes letras aceradas con el nombre del estadio. Ingreso a un supermercado, recorro las estanterías, el lugar está vacío. No hay a quién preguntar. Me acerco a la caja de cobro donde una muchacha sonriente me pregunta algo que no alcanzo a entender. No hablamos el mismo idioma y las señas sustituyen cualquier forma de comunicación. Señalo una caja de coliflores e intento con torpes gestos describir que requiero algo similar. La joven sale de su puesto para ir a lo que intuyo es la bodega del lugar. Regresa con una caja de plátanos de tamaño insuficiente.

Tiene curiosidad por conocer la razón por la que no hablo el mismo lenguaje. Le explico mi origen y ella, sin que yo la interrogue, me dice que es de Mauritania. La atropellada conversación es interrumpida por un mal encarado –que asumo es el jefe– que reprende a la joven por perder el tiempo conmigo. Yo me apeno por ella y le agradezco su ayuda. Al unísono intento con mímica dar las gracias. En el exterior, en una esquina, debajo de un tenderete, hay un hombre que ofrece pan. Enormes discos de trigo cubiertos con semillas de sésamo. Compro una pieza y sigo en dirección al oeste. Arranco un gran trozo con las manos. A un costado de la calle detrás de un ventanal se amontonan apretujadas, decenas de gallinas en una habitación y en el extremo izquierdo del espacio descubro una gran caja de huevo que parece perfecta. La caja tiene la altura adecuada, pero es algo angosta. Me alejo contrariado del sitio. Desalentado, doy por terminada la búsqueda y pretendo regresar por un rumbo distinto.

En una calle que ha sido vedada al paso de los automóviles, a un lado de una carnicería, cuelgan de la pared mochilas escolares, bolsas de mujer y en el suelo, atadas con cadenas de plástico, descansan soberbias, varias maletas de viaje con ruedas. Entre el océano de maletas de tamaños distintos, reluciente y espléndida se asoma una en color azul chiclamino que después de calcular su tamaño con una cinta métrica que me ha prestado el dueño del negocio, tiene exactamente las dimensiones que necesito.

iconCarlos Turrubiarte dslr-camera Carlos Turrubiarte

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