De cine y otros mundos

Tenemos la carne, ¿y qué más?

En los últimos 11 años se han estrenado sólo dos películas mexicanas con clasificación D. El artículo 25 de la Ley Federal de Cinematografía establece que los largometrajes con clasificación D son aquellos catalogados para adultos, con sexo explícito, lenguaje procaz, o alto grado de violencia. En las listas publicadas por la RTC –la lista no incluye videohomes– se pueden encontrar Atroz (2016) de Lex Ortega y Tenemos la carne (2016) de Emiliano Rocha Minter.

La película de Ortega fue publicitada como “la película mexicana más violenta de la historia”. Al parecer esta estrategia no logró conectar con el público nacional, ya que con nueve pantallas, las cuales desearían alcanzar muchas películas mexicanas, solo lograron 389 asistentes y una cifra de ingresos precaria.

Tenemos la carne (2016), ópera prima de Rocha Minter, obtuvo un tipo de premio no oficial que sus realizadores y equipo parecen portar con gran orgullo: conseguir el récord absoluto de huidas de sala en Sitges, uno de los festivales de cine de horror y fantasía más importantes del mundo.

La actitud del equipo de Tenemos la carne – actor y protagonista se bajaron los pantalones en la alfombra roja de la película en el marco del FICM 2016– no debería de ser el tema central al hablar de un largometraje, así como lo ocurrido en Sitges y otros acontecimientos extra cine. La idea que estos hechos generan es que la película es muy limitada en cuanto a lo que construyo por sí misma.

Tenemos la carne está contenida en una construcción de la Ciudad de México. Las habitaciones bien podrían ser el hogar del apocalipsis. En este universo encapsulado habita Mariano (Noé Hernández), quien es un alquimista que se regodea en la locura y genera un complejo hábitat. A este universo se introducen dos jóvenes –hermano y hermana– que vagan por la ciudad hasta llegar a lo que se vislumbra como el epicentro del fin del mundo.

Mariano los cobija bajo su “tutorado” y los emplea en la creación de un escenario en el que el sexo y la depravación reinan. Rocha Minter explora en el lado más oscuro de la sexualidad humana y guía a sus personajes por un vórtice que desafía al espectador menos acostumbrado al gore y la violencia explícita. Este universo creado está respaldado por una gran fotografía y una manufactura técnica que nos habla de una nueva generación que no le teme a la inventiva de mundos irreales y distópicos.

La película explota a partir del incesto cometido entre los dos hermanos y de ahí continúa una exploración que desafía a la religión, las instituciones nacionales y la violencia. A partir de esta idea la película no propone más que una experiencia sensorial aderezada con imágenes que no tienen un lugar lógico en una narrativa. El problema no es el experimento o el aspecto aleatorio de estos temas y escenas, sin embargo, al mezclarlas con una supuesta historia, el discurso termina por volverse frágil.

Si en la película no hay una idea o una interpretación definitiva, su director habría podido optar por una instalación en vivo o un video experimental, porque en los terrenos que aspira a moverse no va más allá de una sucesión de imágenes que apuestan por hacer explotar la cabeza del espectador.

iconAlfonso Blancodslr-cameraInternet

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