Deshuesadero

El automóvil no sólo es un medio de transporte indispensable y cotidiano, sino también un espacio habitado. En la Ciudad de México es común pasar de tres a seis horas al día en algún medio de transporte, lo que se traduce en un promedio de cinco días enteros al mes. Esta ciudad es la segunda con mayores problemas de tráfico, después de Estambul.

En 1960, Elías Canetti evidenciaba los símbolos de las masas en cada país, reduciendo dichos símbolos a rasgos sumamente simples y universales. Según él, las masas de los ingleses se sienten capitanes, los holandeses se identifican con el dique y los alemanes con el bosque. ¿Será posible que el símbolo que identifica a las masas mexicanas actuales es el tráfico en las calles? Lo que es cierto es que los mexicanos necesitamos al automóvil, ¿o es sólo una obsesión? Vivimos en una época en la que experimentamos una libertad de movimiento como nunca antes lo había vivido el ser humano. Convivimos y peleamos con los autos. Desde niños se nos permite conducir pequeños autos eléctricos en espacios peatonales como lo es la Floresta de Tulancingo. Atropellamos a temprana edad.

Podemos considerar al auto como un objeto de construcción de estatus social, un sitio específico en movimiento, una máquina con ruedas que privatiza los espacios públicos que encuentra en su trayecto. El automóvil tiene vida y muerte; tiene una victoria y una derrota. Existen varios augurios que anticipan la muerte del automóvil como lo conocemos actualmente, así como su anulación en las calles. Para empezar, la gasolina –tarde o temprano– se acabará. Luego, la realidad es que la adquisición de un auto es costosa en relación con los salarios, lo que implica su desaceleración. Iván Illich calculaba que la verdadera velocidad a la que transitaba un estadounidense promedio en los años setenta era de 6 kilómetros por hora: si se suma el tiempo invertido en trabajar para comprar el coche, el tiempo dentro del coche (incuyendo los embotellamientos), el tiempo invertido en la industria de la salud debido a un accidente de autos, el tiempo que la industria petrolera invierte para abastecer la gasolina, etcétera, y se divide entre el número de kilómetros viajados durante ese año, se obtiene el siguiente cálculo: 10 mil kilómetros al año por persona dividido entre mil 600 horas al año por persona dan 6 kilómetros por hora.

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La victoria del automóvil es cuando los espacios humanos se transforman para darle paso; su derrota es cuando muere, cuando se desecha o se vende “por partes” en los deshuesaderos, y cada que aparece un tope en las calles. Hay una guerra entre el auto y el peatón y todo el tiempo suceden bajas en ambos bandos. La anunciada muerte del autor de Arthur Danto, antecede a la muerte del auto.

La muerte del automóvil es representada en la misma calle, en forma de tope.

El tope es una petición para detener el movimiento. Es también una paradoja, al ser las carreteras espacios donde el automóvil debería de transitar libremente, y en cambio, están llenas de topes que impiden el movimiento constante del vehículo.

Como lo conocemos en México, el tope es una herramienta informal, improvisada y brutal para obligar al conductor a respetar las leyes. Cuando el tope se rompe o desgasta en puntos críticos, el chofer puede pasar por ahí sin desacelerar el auto.

Al ver que los automóviles se desplazaban demasiado rápido frente a un edificio de la Universidad de Washington, Arthur Holly Compton –premio Nobel de Física– ideó una manera de desacelerarlos, y creó los primeros dos diseños de tope que se conocen: uno sencillo y otro doble. Los topes que Compton diseñó fueron instalados a lo largo del Hoyt Drive en 1953 y años después fueron removidos. En 1992 se colocaron topes a lo largo de la misma avenida para honrar la memoria de su inventor. Por otro lado, es simbólico el hecho de que, al menos en Colombia, en Jamaica, en los Balcanes y en Rusia, a los topes se les llama policías acostados.

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Se conoce como deshuesadero al lugar donde se almacenan autos y partes de éstos después de que sufrieron un accidente o llegaron al final de su vida útil para venderlos “por partes”. Aquí se llevan a cabo acciones de reciclaje y reúso. En México también se les llama “yonkes” o “yonques”, palabras derivadas seguramente del inglés junkyard, basurero. La palabra deshuesadero no existe como tal en el diccionario de la Real Academia Española. Quizás provenga de la palabra “deshuesar” –quitar los huesos a un animal o a la fruta–, o de “desguazadero” (como en Colombia y Argentina se designa a los lugares para desarmar automóviles), del verbo desguazar: desbaratar o deshacer un buque total o parcialmente. El término “deshuesadero” hace referencia al desmembramiento de los autos, como si éstos fueran organismos a los que se les retiran los huesos. El automóvil es como un cuerpo que tiene vida y muerte e incluso posee un cementerio especial donde sus restos no reposan, sino que se reciclan.

En el deshuesadero es común observar la acumulación de los autos, unos sobre otros. Paul Virilio considera que la acumulación es el arte de la planta de producción, una forma que se relaciona sobre todo con la industria del terror llevada a cabo en los campos de concentración nazis, por lo que cualquier forma de apilamiento en la actualidad parece hacer referencia al holocausto.

Si consideramos que el fordismo es un término que se usa para designar un periodo histórico en el que las formas de trabajo están ejemplificadas por las plantas de producción similares a las del ensamblaje de los autos, podemos entender que el automóvil es el objeto de creación en serie por excelencia. Llega al deshuesadero para comenzar un nuevo ciclo de vida. Su apariencia externa comienza a cambiar gracias al óxido. Es a partir del proceso de deterioración del objeto motorizado producido en serie que éste, al fin, se vuelve único e individual.

icondslr-camera Eric Reyes-Lamothe

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