El Canto del Cachalote

La desolación del gorila

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Doscientos fueron los ejemplares que la editorial Gallimard vendió de Silogismos de la amargura de Emil Cioran a lo largo de diez años, luego de su publicación en la década de los cincuenta del pasado siglo. Sin duda, una cantidad desalentadora para cualquier editorial, inconveniencia que al intelectual tenía sin cuidado. Desde su incisivo talante, relata el poderoso pensador, que los años del anonimato fueron los mejores, aquellos en los que en los salones de la intelligentsia parisina era presentado no como Cioran, sino como el amigo de Beckett y Ionesco. Luego de abandonar su invisibilidad, al ser preguntado en los jardines de Luxemburgo si él era Cioran, habitualmente contestaba con una sólida negativa. La imagen del personaje es abrumadora, con el cabello desgobernado en sublime descuido, la frente, un extenso mapa de arrugas, la pesadumbre instalada en su expresión. Un cenobita refugiado en su estudio de la calle Odeón, atormentado por el permanente insomnio. Asceta irreductible un –duro– refractario a toda convención ideológica hegemónica. Fiero aniquilador de dogmas, dueño de un humor cáustico y a la vez entrañable. Propietario de un estilo corrosivo, abrasador y siempre brillante, ondeará reiteradamente el panegírico de la acritud. La desolación que expresan los ojos del gorila, la desolación. Ah, mamífero fúnebre el gorila. Desciendo de su mirada”, escribirá Cioran con su devastadora estilográfica.

Su amigo Fernando Savater se refiere a él como aquel que ha ayudado –por vía negativa– a muchos. Como Heidegger, alabó durante su juventud al fascismo y se subió al carro de la victoria de un movimiento nacionalista que pretendía “hacer historia en un país –Rumania– olvidado en un rincón de Europa, donde habitaban los desatendidos del universo”. Años más tarde en una contundente autocrítica, reveló su desprecio por su actitud pueril ante aquel tumulto que ensombreció su juicio. Fue, según sus propias palabras “víctima del poder avasallador de las obsesiones”. Cioran escribiría al respecto: “el diablo resulta pálido frente a quien dispone de una verdad. De su verdad”. De su infancia, en un pueblo cercano a los Cárpatos, evocará continuamente la simpleza de aquella época, donde “la tierra y el cielo le pertenecían”, así como la sabiduría del campesino, de aquel que nunca leyó un libro. “Un portero inquieto es más interesante que un filósofo satisfecho de sí mismo, ufano”.

Compartió con su madre la veneración por Bach, de quien proclamaba: “para mí no existe sino Bach”. Su devoción por el músico alemán no se desgastó con el paso del tiempo, como sucedió con el aprecio por la obra de Dostoievski, por el contrario, aumentó.

Su otra gran pasión fue la bicicleta, con la que recorrió Francia durante meses. Ajeno a la escena académica, disfrutó durante este periodo de pedalear cien kilómetros cada día y tumbarse durante los descansos de las inagotables jornadas entre las criptas de los cementerios a fumar por horas.

La Sorbona de Paris le encargó una tesis doctoral sobre el filósofo y premio Nobel francés Bergson que ni siquiera comenzó. Los profesores lo increparon y lo expulsaron de la posibilidad de asistir al comedor de la universidad y alimentarse gratis cada día. “Aquel fue un día terrible, de no haber ocurrido semejante tragedia, yo hubiera vivido así –como un estudiante– hasta mi muerte”.

Siempre a contracorriente, cuestionando y taladrando hondo toda construcción social, vivió sin patria. La única patria posible es el lenguaje, reflexionó. Sin profesión, sin dinero, consagrado únicamente a las ideas y a desenmarañar preguntas ancestrales “¿para qué vivir?, ¿para qué existir?”

Para Cioran nada tiene sentido, todo es estéril y carece de relevancia, por lo que se entiende la férrea declaración de intenciones de permanecer al margen de todos los actos. Para Cioran la mayúscula roca del Sísifo nunca se anidará en la cúspide del collado. Terminará irremediablemente deslizándose una y otra vez cuesta abajo en un siniestro bucle. Todo objetivo por lo tanto es fútil.  Cioran abanderará desde la periferia la literatura de la caída. El vacío, la renuncia, la austeridad de un anacoreta colmado de sensatez –una rara avis–, que contempla el caos y el esperpento desde su privilegiada butaca, abastecerá a través de estimulantes ensayos y potentes aforismos, su singular panorama de las cosas.

Cioran construyó su vigorosa oda al desasosiego con obras como En las cimas de la desesperación, Breviario de podredumbre, Del inconveniente de haber nacido o El aciago demiurgo. En 1987 dejó de escribir. “Ya tuve suficiente de echar pestes contra el mundo y Dios”, dijo, y sufrió una reconciliación existencial. “Todos estamos en el fondo de un infierno, en el que cada instante es un milagro”.

En el invierno de su existencia, seriamente enfermo y recluido en el hospital Broca, cuando se le interrogaba si él era Cioran, respondía con un melancólico “Lo era”.

iconAlberto Hierbasanta, dslr-camera Alberto Hierbasanta

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