El Huapango de Moby Dick

Mantra dominical

Sueño con bisontes que sueñan, a su vez, con músicos de jazz. La manada es un océano marrón que se mueve hacia el oeste, ahuyentando a las gacelas que disfrutan de la marchita pradera. La lluvia rojiza se desliza por la gran giba dorada del búfalo que guía al resto. Un estruendo me sacude. Despierto confundido. En la calle, un repartidor ha dejado caer uno de los tanques de gas que pretende entregar en la zona. El ligero viento del norte choca contra la ropa tendida en el pequeño espacio que divide a la derruida construcción  del vacío.

La noche ha sido pesada. Los párpados insisten en descender metálicamente. Tengo la sospecha de que no lograré llegar a la cocina donde se encuentra el televisor y apoltronarme frente a él. Beata, la corpulenta y ególatra gata blanca, me observa con sorna desde una esquina donde, despatarrada, descansa. Me arrepiento de entrar en el baño, tengo terror por el personaje que me acechará lúgubre desde el espejo. En el refrigerador se está llevando a cabo una enloquecida broma. El interior lo habitan la mitad de una cebolla morada y un envase plástico con cápsulas de leche de yegua que, asegura la etiqueta, son idénticas a la leche materna.

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En contrasentido al televisor hay tres asientos tapizados en vinil rojo. Elijo el que está en el centro, justo en línea recta al aparato electrónico. Hay que oprimir con fuerza los botones, pues el control remoto, de tantos golpes contra el suelo, funciona mal. La primera imagen que el cinescopio me otorga es la del vendedor de un objeto que rebana verduras. El individuo en la pantalla se mueve con gallardía e insiste en que todo el mundo debe tener en casa uno de los artilugios culinarios que exhibe. Cambio de canal y en la tercera cadena de televisión se está sucediendo un partido de futbol. Bath, que viste todo de rojo entrega el balón al líbero finlandés Waltari –Váltari, se debe pronunciar en castellano, nos alecciona el narrador–. En el equipo de la pérfida albión, hay dos jugadores checos que son un deleite, sobretodo Havel que pese a su fragilidad, evita cualquier roce con los robustos adversarios y flota sobre la hierba. Frena y acelera siempre en el momento adecuado, destripando a la zaga enemiga, repeliendo el tedio en la grada. Es mayo y los hermanos Buenaventura –que por contrato y por superstición– no participan en los juegos que se desarrollan en los meses que no incluyen en el nombre del mismo la letra erre. Están ausentes. No jugarán con el equipo hasta septiembre. La defensa escarlata, además del portentoso nórdico, la conforman un portugués que se asemeja a un corsario y un zurdo irlandés que se presenta como bisnieto de Joyce. En la zona de ataque, la autoridad escandinava del barbado Garborg y del irreductible Kivi, completan un sólido conjunto. Del otro lado, los azules de Sibiu construyen un portentoso búnker desde la austeridad de los teutones Grass y Habermas. El brasileño Bandeira y el uruguayo Rodó se encargan de explorar las bandas y devolvernos al pasado brillante de los lúcidos extremos que hoy se saben anacrónicos. El delantero de los rumanos es un jugador senegalés que al término de cada partido en el que anota regala un libro de Schopenhauer al arquero que bate. El capitán del equipo inglés es un anarquista seguidor de Bakunin que se ha negado hasta en dos ocasiones a jugar el campeonato del mundo con su país, porque considera que no puede representar a un estado con vocación monárquica.

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Llega el entretiempo, Sibiu cae cero a uno a pesar de que ha tirado a puerta en catorce ocasiones. En la transmisión, la inevitable publicidad arriba. Cambio nuevamente de canal a la espera del comienzo de la segunda mitad. En un canal de música hay un especial sobre Leonard Cohen que con su elegante atuendo entona Waiting for the miracle. Mi hermano, con quien comparto la casa desde hace siete años, llega al lugar. No presto atención de forma inmediata, pero desde mi perspectiva periférica intuyo que no viene solo. Mis ojos se abren como platos, cuando frente a mí, se presenta un monje budista que con su brazo izquierdo impide que la capa de su holgado hábito se arrastre. Calza unas sandalias color azafrán. La cabeza está mal afeitada y el minúsculo cabello en el costado derecho es más oscuro que en el resto del cráneo. Es evidente que el monje proviene de algún país oriental, pero no puedo decir de donde exactamente. Mi hermano, que practica yoga y meditación, me dice que tiene que salir un momento y me pide que permanezca un rato en compañía del monje budista. El monje permanece de pie, esperando a que alguien le indique sentarse. Sonríe y muestra una gran diastema en el ecuador de su dentadura. Le pido que se siente a mi lado y enseguida desciende rumbo al asiento con extraordinaria timidez. Se queda justo en el borde del taburete, como si el sentarse de lleno fuese una ofensa. Junta sus pequeñas manos con suavidad y las deposita sobre su regazo. Observa con interés a Cohen cuando éste responde a las preguntas sobre sus composiciones. Contempla la contundencia con la que interpreta The Future. Han pasado ya algunos minutos desde que el primer tiempo del partido de futbol culminó. El monje se encuentra hipnotizado con Leonard Cohen, atiende sin pestañear el monitor. Quiero cambiar de vuelta al partido, pero me apena negarle la posibilidad de continuar disfrutando la insuperable música. En la mesa de la cocina, cerca de un florero artificial, yace un libro de poesía que parece entusiasmar al monje. Aprovecho la distracción para regresar al futbol. La segunda parte lleva seis minutos de haber comenzado. El Sibiu avasalla a su rival y ha empatado con un gol de tiro libre del segundo capitán, el chileno Valiente.

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El monje está hojeando el libro de poemas pero retorna la mirada al televisor y una fuerte emoción se apodera de él. Abandona su sosiego y da un pequeño salto en su lugar. Su expresión se ilumina. Sus manos ascienden y se instalan debajo de sus pómulos. Me pregunta hechizado por el nombre del juego. Desconcertado, pido que me repita su cuestionamiento.

–¡He visto en muchos sitios personas que se reúnen a practicar el deporte que estamos viendo en la pantalla! ¿Cuál es el nombre del juego?

 Reflexiono durante un par de segundos y, azorado, pronuncio las dos sílabas más imperantes de la posmodernidad planetaria –futbol–.

–¿Puedes explicarme el futbol?, me suplica el monje.

Yo le digo que el futbol ha sido engullido por la industria, que la obsesiva necesidad por ganar a toda costa ha sepultado el talento a cambio del portento atlético, que la belleza y la armonía se han evaporado y han sido sustituidas por la devoción, por el esfuerzo físico. Que los herederos del jogo bonito escasean. Pero al final le confirmo que sí, que puedo explicarle el juego. El monje se alegra y se inclina grácilmente en señal de agradecimiento. El portero del Bath ataja un penalti y Leonard Cohen en el canal contiguo termina su recital cantando Aleluya.

iconAlberto Hierbasanta, dslr-camera Alberto Hierbasanta

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