El descanso eterno de Rosario Castellanos en la Rotonda de Personas Ilustres…

¿Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve la cara a la pared?
¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye?
¿Se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin? ¿Cuál es el rito de esta ceremonia? ¿Quién vela la agonía?

Estas preguntas, en torno a la muerte, las hizo la poeta Rosario Castellanos, una de las pocas mujeres que han sido alojadas en la  “Rotonda de Personas ilustres”. Poeta, escritora, filósofa y periodista, murió el 7 de agosto de 1974 a la edad de 49 años.

Mujer de palabras

¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una.

Jamás repetí otras (por pudor o por fallas nemotécnicas).
¿Mujer de acción? Tampoco.

Basta mirar la talla de mis pies y mis manos.
Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.

Pero sí de palabras, muchas, contradictorias, ay, insignificantes,
sonido puro, vacuo cernido de arabescos,
juego de salón, chisme, espuma, olvido.
.

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Nació el 25 de mayo de 1925.

Poeta que se delataba a sí misma para mostrarnos espejos y asomarnos asustadas, queridas e ingenuas. La poeta que lamentara esa “vergüenza de estar sola el día entero” o advirtiera con esperanza que debía haber “otro modo de ser humano y libre”.

Escritora de novela y cuentos para dar voz a las sin voz, mujeres e indígenas. La misma que escribiera “Balún Canán y “Álbum de familia.

Periodista que escribió en la página editorial de “Excelsior, desde anécdotas personales hasta reflexiones profundas de interés general. Durante de 1963 a 1974, ella practicó un periodismo de opinión.

Filósofa que escribió sobre cultura femenina y la que en una serie de ensayos publicados en un libro titulado “Mujer que sabe latín…”, analizó y cuestionó las realidades nacionales que observaba de cerca y de lejos de la población femenina.

No hay día que no relea sus poemas, que no disfrute su obra literaria.

Destino

Me vio como se mira al través de un cristal

O del aire

O de nada.

Y entonces supe: yo no estaba allí

Ni en ninguna otra parte

Ni había estado nunca ni estaría.

Y fui como el que muere en la epidemia,

Sin identificar, y es arrojado a la fosa común.

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Su muerte fue trágica, Rosario había sido nombrada embajadora en Israel,  por invitación del presidente Luis Echevarría, quien decidió que ella –a los dos días de su muerte-  fuera sepultada en la Rotonda. Elena Poniatowska recordó:

Así nos quedamos nosotros a la otra orilla, incrédulos. Así lo dijo también Emilio Carballido, de quien Rosario estuvo un poquito enamorada, el que nunca acabó de asimilar lo sucedido y permaneció de pie bajo la lluvia hasta que cayera la última paletada de tierra mientras una muchacha Alcira, ensopada, el pelo como cortina de agua sobre los hombros, repartía volantes con poemas de Rosario Castellanos y una noticia biográfica que nos fue tendiendo con la mano a cada uno, como sudario, como pañuelo de adiós. Rosario murió en la forma más absurda, al tratar de conectar una lámpara en su casa de Israel. La descarga eléctrica la mató y falleció solita a abordo de la ambulancia que la llevaba al hospital. Nadie la vio, nadie la acompañó. Al irse se llevó su memoria, su risa, todo lo que era “su modo de ser río, de ser aire, de ser adiós y nunca”. En Israel le rindieron grandes honores. En México, la enterramos bajo la lluvia en la Rotonda de Hombres Ilustres. La convertimos en parque público, en escuela, en lectura para todos. La devolvimos a la tierra.

El homenaje

“¡No me vayan a hacer a mi esa cosa de los Hombres Ilustres, con una chingada!”, escribió Jaime Sabines en un poema que le dedicó a su querida amiga Rosario Castellanos. Pero ella otras siete mujeres están cautivas en este escenario. Su tumba es la más hermosa de todas, la rescata como la recordamos: Dueña de las palabras.

Presencia

Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido
Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.
Esto que uní alrededor de un ansia,
De un dolor, de un recuerdo,
Desertará buscando el agua, la hoja,
La espora original y aun lo inerte y la piedra.
Este nudo que fui (inextricable
De cóleras, traiciones, esperanzas,
Vislumbres repentinos, abandonos,
Hambres, gritos de miedo y desamparo
Y alegría fulgiendo en las tinieblas
Y palabras y amor y amor y amores)
Lo cortarán los años.

Han pasado ya 43 años, la presencia de Rosario Castellanos sigue latente, sus poemas circulan en las redes sociales del siglo XXI. Quienes la descubren, desean leerla una y otra vez, escribir sobre ella, hacer una tesis, insistir en no olvidarla.

iconElvira Hernández Carballidodslr-camera Elvira Hernández Carballido

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