SER MUJER EN EL MÉXICO DE 1810

Al llegar el siglo XIX, específicamente el inicio de 1810, las mujeres mexicanas de esta época vivieron con fuerza e ingenio su situación y lo que es más, aprovecharon su condición social ambivalente para contrarrestar, en muchos casos, las rígidas medidas. El nuevo orden las desamparaba y las inscribía en una moral restrictiva, impositiva y desventajosa. La religión católica en este proceso fue crucial y regularía no sólo la conducta pública sino la íntima hasta el extremo de establecer cuándo y cómo sería el coito, o bien condenar el adulterio, la bigamia, el amancebamiento, la sodomía, la masturbación e incluso las fantasías eróticas. La virginidad de las mujeres era el estado perfecto.

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La investigadora Pilar Gonzalbo documenta que “la labor de la educación era precisamente moldear los hábitos, controlar las pasiones, abortar desde la infancia los intentos de rebeldía, de modo que la propia conciencia fuese el fiscal de las acciones y cualquier coacción externa resultase innecesaria… Había obligaciones que alcanzaban a todas las mujeres, cualquiera que fuese su condición, como el acatamiento a los preceptos de la Iglesia, la laboriosidad, la honestidad, la sumisión al marido y a los superiores; pero las diferencias surgían desde el momento mismo de ponerlos en práctica.” También advierte que la idea de incluir a las mujeres en la educación para el trabajo se dio hasta fines del siglo XVIII y como medio para solventar la economía familiar. Previo a esta visión pragmática, ella señala que “las instituciones educativas femeninas siempre fueron pocas y su crecimiento lento, en contraste con el de la población. La influencia de la educación en conventos se debió más a su aureola de perfección digna de imitarse que al número de colegialas, siempre reducido, que llegaron a cobijar. Las migas o amigas fueron numerosas y concurridas, y contribuyeron a la conservación de prejuicios, amaneramientos y supersticiones que desconcertaban a los religiosos e indignaban a los pensadores ilustrados de los últimos años del siglo XVIII y de casi todo el XIX.”

La filósofa Graciela Hierro en su libro De la domesticación a la educación de las mexicanas expresa: “Después del encuentro con los conquistadores será la virgen de Guadalupe el arquetipo de la educación femenina. Sabemos que nuestro destino es la maternidad y que nuestra vida ha de desenvolverse en el ámbito cerrado de la familia. El espacio que nos reserva la cultura es el de lo privado, los hombres dominan lo público. Nacemos a lo doméstico y todo el esfuerzo educativo se concentra en lograr nuestra exitosa “domesticación”. Domésticos han de ser nuestros conocimientos; domésticas nuestras habilidades y domésticas nuestras actitudes, hasta que lleguen los tiempos propicios para nuevas perspectivas, se abran las puertas de nuestras casas y el mundo se convierta en el espacio compartido de los géneros.”

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La historiadora Julia Tuñón advirtió que al empezar el siglo XIX “el modelo de mujer seguía siendo la dotada de docilidad y sumisión, centrada en su hogar y sus hijos; la obrera cargaba además de la doble jornada, la acusación tácita o abierta de que abandonaba su estado natural. El convento era todavía una opción pero cada vez menos atendida”.

Pero el movimiento de Independencia nunca les resultó ajeno, por eso participaron de diversas maneras. Celia del Palacio –especialista en comunicación– publicó un libro sobre la participación de las mujeres en el movimiento de 1810 y clasificó su presencia en cinco formas.

La primera, “mujeres de la élite”, está conformada por las llamadas damas de sociedad que participaron con donaciones, con el préstamo de su residencia para hacer reuniones clandestinas y participando en las reuniones para ayudar a la causa de la libertad. Entre ellas están Josefa Ortiz de Domínguez, Leona Vicario, Mariana Rodríguez del Toro y Gertrudis Bocanegra.

El segundo grupo está conformado por esposas, concubinas y madres que participaron por seguir a sus parejas e hijos. Los acompañaban, luchaban a su lado y poco a poco el amor hacia ellos se transformaba en un amor hacia su país. A la gran mayoría de ellas solamente se les conoce por el nombre de sus maridos o sus apodos como lo fue “La Fernandita” o “la mujer de Carlos María de Bustamante”.

Una tercera manera femenina de participar fue el camino auténtico de tomar las armas, mujeres que dirigieron batallones y enfrentaron a sus rivales con un arma en la mano como lo hicieron la generala Antonia Nava y Catalina González.

Quizá las que son más mencionadas en la historia oficial son las conspiradoras que seducían a los realistas para persuadirlos de unirse a la causa insurgente. Eran mujeres que conocían los secretos de la seducción y la transformaban en la mejor arma que poseían. Entre ellas estaba María Teresa Medina, Carmen Camacho o las “once mil vírgenes” de Ixmiquilpan, cuatro hermanas que en este lugar del estado de Hidalgo lograron que varios hombres se pasaran al bando de los insurgentes.

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Finalmente en el quinto grupo están las denominadas “simpatizantes”, las que sirvieron de correo o a través de su discurso escandalizaban por su postura crítica y su convicción del triunfo insurgente como fue el caso de la señorita Avilés, Catalina Gómez, las hermanas González y Petra Teruel, llamada “el ángel protector de los insurgentes”.

Por desgracia, el epílogo de esta historia de las mujeres en 1810 es pesimista pero real, como advirtió la historiadora Silvia Arrom: “La Independencia no tuvo ningún efecto sobre la posición y los papeles subsiguientes de las mujeres. Después de la Independencia volvieron a sus casas y a sus roles tradicionales. La desaprobación de las actividades políticas de las mujeres en tiempos normales siguió siendo fuerte. La nueva república no les permitía votar ni ocupar cargos públicos y la literatura prescriptiva reforzaba sus papeles domésticos. Incluso, en un artículo en alabanza de las heroínas de la Independencia escrito en ese mismo periodo concluía que las buenas esposas y madres eran infinitamente más estimables que la heroína de novela.”

iconElvira Hernández Carballidodslr-camera Acervo Pérez Andalón

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