Cuando ESO te vuelve a dar miedo, gracias Stephen King

Confieso que tenía emoción sobre este tema. De verdad, mi niña interior quería que llegara el estreno de la película de ESO porque, no sé tú, pero aquellos que fuimos pequeños en los noventas tuvimos pesadillas durante semanas cada que pasaban en el canal cinco la dichosa película. Ya entrados en auténticas confesiones, yo le tenía terror hasta a los comerciales que anunciaban los sábados de cine permanencia voluntaria. Así que, siendo unos “nachos con queso” muy profesionales, durante la semana previa a ir al cine, me senté durante 3 horas y 10 minutos y me propuse la firme empresa de mirar ESO, y esto fue lo que encontré:

ESO (1990) de la dirección de Tommy Lee Wallace, nos lleva a un pequeño pueblo en Maine en los años 60’s, donde un grupo de niños que se autodenominan “los Perdedores” empiezan a estrechar sus lazos de amistad debido a sucesos… digamos paranormales. Y es que no tiene nada de normal que tu lavabo explote en sangre, o que un payaso salga del piso de la regadera, al mismo tiempo que tratan de salvar su trasero una y otra vez de un bully y su pandilla que parece que les pagan por hacer sufrir a los ñoños. Y bueno, lo que todos recordamos –no sin muchos escalofríos–: el Pennywise, el payaso bailarín, encarnado por Tim Curry (lamento decirles que no lo van a recordar por otra cosa, porque es un actor principalmente de teatro y de voz en series animadas, así que en sus mentes siempre será Pennywise). La verdad es que, veintitantos años después de la última vez que la vi, admito que no me espanté nada; pero fue una experiencia agradable porque tuve recuerdos de infancia cuando estaba en la primaria y muchos no nos queríamos volver a bañar nunca más, o si lo hacíamos salíamos con los ojos bien irritados por el champú porque no nos permitíamos cerrar los ojos, no fuera siendo la de malas.

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También es cierto que antes las personas éramos más inocentonas. En la película había meras sugerencias de violencia pero nunca veías cómo se comían a los niños. Lo único que intuías era que los dientes filosos del payaso los masticaban y con eso tenías para morirte de miedo. Ahora, también los efectos estaban bien “chafitas”, pero para la época funcionaron de lujo; pero aún con efectos malones y actuaciones hiper tiesas –porque tanto niños como adultos de verdad parecían aficionados de teatro local–: los niños, que se asustan y se tapan los ojos, hacen ver a la Tucita de Pedro Infante como actriz consagrada, y los adultos son la versión doblemente más catarra que sus personajes niños (la Beverly adulta es nada más ni nada menos que la mamá de Clark Kent en Smallville, Anette O’Toole). Lo mejor –y lo que creo que convirtió a ésta en una cinta de culto– es que Tim Curry tenía un personaje bien mórbido. La primera vez que miras al payaso parece inofensivo, pero cuando comienza a hablar y reír de manera socarrona es perturbador, porque todo lo hace con la intención de ser irónico; pero de esa ironía pasa al terror, por lo que no me sorprende que en aquella época mucha gente desarrolló más coulrofobia que en años anteriores.

Así llegó finalmente el día en el que fui al cine. Con palomitas, nachos y mucho valor en mano, llegué al cine a ver ESO (2017), de Andy Muschietti, una readaptación al siglo XXI, porque creo que ya más que remake fue un refresh. Los adultos merecíamos nuevas pesadillas; los más jóvenes merecían más dosis de payasos malditos, y al final la película lo logra de manera bastante decente. Primero, quiero recalcar que las actuaciones de los niños son –por mucho– más fluidas. Aunque esta vez situaron la acción a finales de los 80’s, las personalidades están bien definidas. Los momentos de risa son los que liberan un poco la tensión, y el payaso… Pennywise, el bailarín, es bastante feo. Aunque Bill Skarsgård no es nada feo, su caracterización sí lo es. En esta ocasión pasaron directamente al terror, no hay manera de encontrarle lo inofensivo a esos ojos color reptil y la voz chillona remata el personaje. Los efectos están muy bien logrados y ahora sí vas a ver harta sangre, tripas, miembros ensangrentados, dientes y más dientes, porque las nuevas generaciones son más aguantadoras y no se espantan con nada. Los momentos de tensión están que te dan ganas de cerrar los ojos (los que estaban junto a mí estaban al borde del colapso nervioso) y la verdad es que para ser la primera parte –porque la película duraría como cinco horas si hubieran contado toda la historia de un jalón como en los 90’s–, sus 2 horas 15 minutos fueron suficientes para dejarnos con ganas de más.

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No me gustar tirar spoilers, porque la idea es que te dé curiosidad y la veas; sólo tengo que decirte que ya nunca más tendrás los ojos irritados por el champú por bañarse con los ojos abiertos, pero tendrás nuevos temores acechándote, porque todos flotan y tú también.

iconErika Sotodslr-cameraJuan Pablo Zamora

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