Claveles marchitos

A las cinco de la mañana ya había el ruido suficiente para recordar que la vida en el pueblo ya estaba demasiado lejos, la tranquilidad se había transformado en ecos de ambulancias, motores, gritos, ladridos de perro y bocinas de autos. Éramos los nuevos y extraños vecinos llegados de la provincia dócil que debían aprender a echar raíces en un suelo infértil de concreto.

    Los Hernández vivían en la esquina, fueron los únicos en darnos la bienvenida en la colonia, costra gris tatuada sobre el lomo del Cerro del Judío. Ellos parecían mantener aún la jovialidad y el calor de la costa chica de Guerrero y habían pasado quince años ya, de que habían llegado a ese lugar, los mismos que tenía su hija Jessica, la que sonrío desde su ventana al mirarme. Vaya que era agradable encontrarse con un rostro bello ahí, en lo que parecía ser el culo de la ciudad, atascado de lacras, drogos y puercos, Jessica era como una ilusión óptica, como un espejismo en medio del desierto de la perdición, simplemente no combinaba con la opacidad de nuestro alrededor.

   Al paso del tiempo mi hermana le comenzó a hablar, y solía pasar por ella a mi casa.

Entreabría la cortina e interpretaba lo que podían conversar. Jessica era como una pequeña hada, una ninfa, repasaba su silueta detenidamente, paladeaba cada rincón de su cuerpo y siempre terminaba en la línea facial que delataba su desbordante alegría.

¡Cómo no decirle a mi hermana que le hablara de mí! ¡Cómo no soñar al verla y no deprimirme ante su ausencia!

― ¿Esta Laurita?

―Claro. Ahorita le hablo… ¿Gustas pasar?

―Bueno.―Me miró y me puso nervioso, no había nadie en la casa pero deseaba retenerla unos minutos más y esperar a ver qué pasaba. Mi corazón estaba fuera de control.

― Creo que salió, no está en su cuarto, pero… ¿No quieres tantito refresco?

―No, mejor regreso luego. Gracias.

― Por cierto, me llamo Ezequiel.

    Corrí al baño y me miré al espejo, gesticulé las mejores muecas, las sonrisas y guiños. Cerré los ojos y pronuncie varias veces su nombre: Jessica, Jessica, Jessica, Jessica, suspiré buscando recordar el olor de su perfume.

    Siempre que tocaban a la puerta yo corría, y hacía todo lo posible por cruzar más de dos palabras con ella. Dijera lo que dijera, Jessica siempre sonreía.

    Había hecho ya una buena amistad con mi hermana, pasaban mucho tiempo juntas y por esta razón le pedí a Laura que me contara más de Jessica, que me diera santo y seña de todo lo que le gustaba, sus manías, su música favorita, etc. Al final le confesé que estaba enamorado de ella, pero como siempre, mi hermana no soltó prenda.

    Era de noche, Jessica tocó el timbre, mi mente estaba entregada totalmente a cada acto de su vida y a la no muy lejana fantasía de amarla una noche como esas, en las que todos, menos yo, salían. Debía mentir, decirle que Laura llegaría pronto y hablar cualquier estupidez, confesarle mi profundo sentimiento por ella y besarla, acariciar su cintura, y subir por sus pechos, morder cada secreto y descubrir sus placeres escondidos, desbordantes ante la fricción de nuestros cuerpos.

   Era evidente que ella hacía todo lo posible por verme, por chocar con mi mirada, por sonreírme, hablarme, acercarse y coquetear de forma sutil pero mortífera. Me provocaba y yo no podía más ante su encanto, ante el perfume de su piel, ante el misticismo de su sensualidad adolescente.

―He notado algo en ti Jessica ¿Es difícil ocultar las cosas, no?

― Sí, Ezequiel, no puedo esconderlo más, tengo que decirlo aunque creo que tú ya lo notaste.

― ¿Tus papás ya se habrán dado cuenta?

― No creo. Ellos no.

― Eres hermosa, además muy inteligente y te aceptarán.

Era la hora de darle el ramo de claveles que le había comprado para pedirle formalmente que fuera mi novia.

      Se hizo un breve silencio y luego concluyó.

― Ezequiel, gracias por escucharme, eres alguien realmente encantador, si no estuviera tan enamorada de tu hermana, no dudaría en tenerte a ti como novio.

      Sonrió y se fue.

    Me di la vuelta y miré el ramo de claveles que se había quedado en la mesa y pensé que a mi mamá realmente le encantarían.

iconMario Martínez dslr-camera MomoEscobar

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