Los Tratados entre México y Estados Unidos

La reciente revisión del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) entre los tres países de América del Norte ha suscitado expectativas y comentarios de la más diversa índole ya que México es el país con más desventajas en relación con Estados Unidos y con Canadá. Ante este panorama vamos a hacer un somero comentario de la relación entre nuestro país y el vecino del norte.

El tratado más antiguo (todavía vigente) entre México y Estados Unidos se firmó en el ya lejano año de 1848. Como saben –o deberían saberlo todos los estudiantes de primaria y de secundaria del sistema educativo mexicano–, en aquel día los diplomáticos mexicanos Luis G. Cuevas, Bernardo Couto y Miguel Atristáin se reunieron con sus homólogos norteamericanos encabezados por Nicholas P. Trist, en un pintoresco poblado que era la Villa de Guadalupe (actualmente engullido por la mancha urbana de la ciudad de México), para ultimar los detalles y firmar el Tratado de Paz, Amistad y Límites. Hay que resaltar que los diplomáticos mexicanos conocían su materia de trabajo, eran expertos en el tema y dominaban el idioma inglés. No eran improvisados ni tampoco iban a “aprender”.

            La importancia de este Tratado fue que con ello se puso fin a la guerra de conquista realizada por los Estados Unidos contra nuestro país, desde los primeros meses de 1846 hasta 1848. Como resultado de esta guerra, nuestro vecino se apropió de 2.4 millones de kilómetros cuadrados. Para tener una idea del territorio perdido, basta recordar que actualmente la extensión territorial de México es de casi dos millones de kilómetros cuadrados. En México decimos que ese territorio “se perdió”, pero en los manuales de historia de Estados Unidos, se afirma que dicho territorio que comprendía los estados de California, Texas, Nuevo México, Arizona y porciones de Nevada y Utah, fue “cedido” por México, es decir, se trató de una “cesión amistosa”.

            Es habitual que actualmente los estudiantes y la mayoría de la población mexicana no tengan conciencia de esta guerra entre México y Estados Unidos que se consumó a mediados del siglo XIX. En contraste, existe una idea muy vaga de que el presidente Antonio López de Santa Anna “vendió esos territorios”. La historia de bronce señala a este personaje como uno de los villanos preferidos de la historia nacional, precisamente por vender territorio mexicano y por aumentar los impuestos a la población. Este tipo de “historia de bronce” no ayuda a comprender la compleja relación entre México y Estados Unidos, y por el contrario sigue reproduciendo ideas y estereotipos que eliminan toda conciencia histórica.

            En el proceso actual de la relación entre ambos países hemos entrado a una fase que no es nueva, pero es peligrosa y puede traer consecuencias impredecibles.

            Solamente recordemos que hace más de 170 años, en 1846, el presidente de Estados Unidos, James Knox Polk nos había declarado la guerra en estos términos: México ha traspasado la línea divisoria de los Estados Unidos, ha invadido nuestro territorio; ha derramado sangre americana en suelo americano y ha proclamado que las hostilidades se han roto y que las dos naciones se hallan en guerra. Yo pido la acción pronta del Congreso reconociendo la existencia del estado de guerra y poniendo a la disposición del Ejecutivo los medios necesarios para proseguir la lucha con todo vigor, lo que apresurará el restablecimiento de la paz”.

            Toda proporción guardada, existen similitudes entre esta declaración de Polk, con lo que ha declarado el presidente Donald Trump en los días recientes. El libreto es casi el mismo: México “invade” a Estados Unidos con gente de baja ralea, y por eso se piden los medios necesarios para proseguir la lucha con todo vigor (léase: se necesita el muro para contener a los indocumentados). En el siglo XIX se declaró la guerra militar y hoy en el siglo XXI se declara una guerra comercial y medidas políticas de corte fascista.

            Con este asedio y ocupación militar de 1846-1848, Estados Unidos puso de rodillas al endeble gobierno mexicano y por esa razón se tuvo que firmar el mencionado Tratado, que resultó a todas luces desventajoso para México.

            La firma del Tratado de Paz tuvo oposición en ambos países. En Estados Unidos, por ejemplo, los representantes norteños se oponían a la adquisición de territorios, ya que de esa manera reforzarían a los estados del Sur. Por su parte, en México había quienes pedían continuar la guerra antes que admitir la derrota y la humillación. De cualquier manera, el documento fue ratificado por el Senado de Estados Unidos y por el Congreso mexicano entre marzo y mayo del mismo año de 1848. De esta manera, prácticamente de un día para otro, miles de mexicanos dejaron de serlo para abrazar la nacionalidad estadounidense. Así lo ha expresado recientemente la actriz norteamericana de origen mexicano, Eva Longoria, quien ha dicho que sus antepasados no cruzaron la frontera: “la frontera los cruzó a ellos…”

            En estos días aciagos de incertidumbre política, económica, diplomática y social, las lecciones de la historia no nos deben llevar a la xenofobia trillada y vulgar, a la descalificación o al patrioterismo chabacano. Más bien, la situación de incertidumbre debe apremiar a expandir nuestro estado de conciencia histórica. Me parece que el principal problema que tenemos ahora es la corrupción e ineptitud de nuestros propios gobernantes, la impunidad e incompetencia con que actúan, y la rivalidad de las élites mexicanas, en aras de un proyecto personal y en detrimento del proyecto de nación.

iconDaniel Escorza dslr-camera Eniac Martinez

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