1810. DOS HEROÍNAS MEXICANAS ANTE LAS INJURIAS

La injuria es un acto agresivo y destructor, es tan violento que rara veces no recibe una respuesta. Dos heroínas de 1810. Pero estas mujeres injuriadas respondieron. Su historia y su actuar es digno de recuperar cuando se acerca un aniversario más de este gran movimiento que fue punto de partida del México de hoy, principalmente para las mujeres.

Una de ellas se llamaba María de la Soledad Leona Camila Vicario Fernández de San Salvador; mejor conocida como Leona Vicario, destacó por apoyarla causa insurgente con donaciones y cartas. Estos documentos son calificados por varios estudiosos como verdaderas noticias en las que comunicaba lo que sucedía en México, instruía a los caudillos de los pasos y medidas tomadas por el gobierno, así evitaba muchos golpes a la insurrección. La importancia del contenido de sus cartas no puede negarse, pues incluso cuando fue aprehendida, durante el juicio, el principal cargo en su contra era que mandaba noticias a los rebeldes, por lo que fue calificada como “la corresponsal general de los insurgentes”.

Leona Vicario y su esposo, Andrés Quintana Roo, presenciaron de lejos, en distancia física y emotiva, la entrada triunfante del ejército de las Tres Garantías a la Ciudad de México. Los triunfadores no veían con buenos ojos a la pareja, por eso en febrero de 1823 fueron atacados y perseguidos por Iturbide. Pese a todo, Leona Vicario hizo reiteradas solicitudes para que le devolvieran sus bienes confiscados. Su terquedad, pero también don para persuadir, tuvo buenos resultados y le dieron una hacienda ubicada en Apan y una casona en el centro de la ciudad de México.

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Se asegura que el ataque más brutal que recibió Vicario fue de parte de Lucas Alamán, ministro de Relaciones Exteriores. Fue por medio de un artículo no firmado que acusó a Leona de “haberse unido a la insurgencia por un afán romancesco, es decir, persiguiendo a su novio Andrés y no por sentimientos patrióticos. Por tal motivo, no merecía que se le hubiera premiado con propiedades”. Ella argumentó con inteligencia los ataques de un hombre conservador que dudaba del auténtico patriotismo de una persona por el simple hecho de ser mujer. Es admirable que ella no se presentó como víctima, ni se defendió con argumentos débiles o chantajistas que la hubieran expuesto una debilidad natural femenina o una abnegada ingenuidad. Leona se mostró como una mujer de ideas, segura de sí misma y reconoció abiertamente lo que hizo por su país, sin modestia absurda y sí con jactancia honesta. La carta fue publicada en el periódico El Federalista, en el año de 1830:

Confiese U. Sr. Alamán que no solo el amor es el móvil de las acciones de las mujeres que ellas son capaces de todos los entusiasmos y los deseos de la gloria no le son unos sentimientos extraños; antes bien vale obrar en ellos con más vigor, como que siempre los sacrificios de las mujeres, sea el que fuere el objeto o causa por quien las hacen, son desinteresados y parece que no buscan mas recompensa de ellos, que la de que sean aceptadas. Por lo que a mí toca, sé decir que mis acciones y opiniones han sido siempre muy libres, nadie ha influido en ellas, y en ese punto he obrado siempre con tal independencia, y un atender que las opiniones que han tenido las personas que he estimado. Me persuado que así serán todas las mujeres, exceptuando a las muy estúpidas, y a las que por efecto de educación hayan contraído un hábito servil. Y de ambas clases también hay muchísimos hombres.

La otra fue conocida como la Güera Rodríguez, cuyo verdadero nombre fue María Ignacia Javiera Rafaela Agustina Feliciana Rodríguez de Velasco Ossorio Barba Jiménez Bello de Pereyra Fernández de Córdoba Salas Solano Garfías. Y ¿qué la hizo una mujer inolvidable? Seguramente los rumores y certezas de que ella fue amante de muchos hombres le dan ese toque sensual e inquietante a su vida. Pero el factor representativo fue mostrar abiertamente ante la sociedad de la Nueva España su gran simpatía por el movimiento insurgente. Ayudó a transportar armas y posiblemente donó dinero para la causa. Públicamente alababa a Hidalgo y a Morelos.

Para recuperar la personalidad y audacia de esta mujer, la novela de Artemio del Valle-Arizpe reproduce de una manera confiable lo que pudo ocurrir en su vida. El autor asegura que los alegres devaneos de la Güera no eran mal vistos por la sociedad de la época, “exigente y pecata”, su belleza bastaba para que la toleraran. Pero lo que no le permitieron fue el desentono de proclamarse públicamente simpatizante de los insurgentes.

La osadía y actitud de esta bella mujer causó escándalo e indignación, por lo que fue citada a la Inquisición por la denuncia del espía Juan Garrido, quien la acusó de ser una de las mujeres que apoyaba la causa insurgente. Del Valle-Arizpe describe que la Güera no se preocupó ni se asustó. Cuando llegó al salón donde la esperaban para juzgarla, ella se mostró decidida; entró al lugar llena de garbo, provocativa y decidida, entre coqueta y elegante. El escritor afirmaba que la audacia de esta mujer pasmó a los inquisidores, los mismos que imponían terribles castigos y cárceles perpetuas. Ella les estaba demostrando que nada la arredraba ni nadie la inmutaba. Y los enfrentó así:

Les atronó las orejas al preguntarles con la mayor naturalidad del mundo y gran dulzura en la voz, si ellos que eran esto y lo otro y lo de más allá y que habían hecho tales y cuales cosas, ¿serían capaces de abrirle causa y sentenciarla? Y esto y lo otro y lo de más allá y aquellas cosas lindas y apetitosas que habían ejecutado, se las soltó con nimios detalles que dejaron turulatos a los tres señores, y una a una se las fue enumerando con brusquedad, sin cuidados, eufemismos, ni suavidades emolientes. Bien claro les descubrió sus grandes secretos y les manifestó que habían cundido por trescientas partes y, con toda frescura, les empezó a quitar el embozo a sus recatados encubiertos. En los tres graves varones puso, sin reparo, la graciosa y pervertida malignidad de su lengua, que se les encendió los rostros como si les hubiera arrimado una roja bengala… La Güera, con el lindo rostro bañado en luz de sus sonrisas, les dijo que los gustosos vicios que tenían eran ya públicos y notorios y se contaban por las plazas. Los derribó con la filosa espada de su lengua. Salió muy airosa. Ya en la puerta, se volvió llena de gracia e hizo una larga reverencia…

Dos mujeres, dos heroínas, dos historias para no olvidar.

iconElvira Hernandez dslr-camera Ma. Ignacia Ortiz

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