El Huapango de Moby Dick

El estanque

A la melodía de Air Supply siguió un bolero almibarado de Javier Solís –una versión de la canción italiana Ho capito che ti amo–. Enciendo el televisor sin activar el volumen. En la pantalla, la ronda gala aparece con el portador del maillot amarillo escalando imponentes rampas cubiertas de alquitrán. Un enjambre de afanosos ciclistas pedalea sin cesar. Etapa que antecede al macizo central. Un equipo, cuyo mecenazgo corresponde a un banco, lidera la carrera. El suéter a lunares le corresponde a Fignon y el verde a Zabel. El estío alarga los días y la noche de anoche. Nos hemos sentado hasta tarde sobre recios  tablones, debajo de una acacia y de un árbol de cedrón para degustar con nuestros amables anfitriones lo que una diminuta parrilla empotrada en un nicho de piedra salitrosa nos arroja.

Marcel está despierto desde hace rato, tumbado. Contrae repetidamente sus rodillas contra su pecho para cumplir con las mil flexiones que son parte de su disciplina diaria de entrenamiento. En la mesa de la cocina descansa un devedé con una película de Herzog –El barco de Fitzcarraldo– que nos hemos propuesto ver antes de que termine la semana. El problema es que el televisor tiene integrado un dispositivo para ver videos, pero no devedés. El complejo de mínimas cabañas en la que nos alojamos Marcel, mi hermano y yo se encuentra sobre una planicie que vive de espaldas a un espléndido bosque de gigantes eucaliptos. Por la vía este hay una vereda que las bicicletas se han encargado de ensanchar, donde uno puede caminar hasta llegar a unas escalinatas antediluvianas de oscura losa, que Marcel ha incluido en su entrenamiento y que sube y baja interminables ocasiones todas las mañanas. Yo lo he acompañado alguna vez y he tenido la mala fortuna de contar los peldaños. Noventa y siete escalones que se vuelven quebrantahuesos en el tramo final de la fase de ascenso. En el extremo inferior de la escalera hay un pasillo que conduce a la carretera y que utilizamos como pista para correr durante aproximadamente una hora, por lo que, al ritmo que lo hacemos, intuyo que cubrimos alrededor de unos siete kilómetros cada día. La rutina se ha vuelto agradable pues a la hora en que salimos a ejercitarnos el sol aún no cae pleno y la corriente del río, del que desconozco el nombre, se adhiere a nosotros como una placentera y delgada película refrescante. Entre las gradas y el camino que conduce al casco antiguo del pueblo varios puentes cruzan la ribera. Nosotros utilizamos el número nueve con rumbo a la villa. Hay gente que desayuna en las inmediaciones del puente; los más audaces se lanzan al río y una balsa construida con neumáticos atraviesa tortuosamente el cauce. Trozos estériles y anodinos de existencia pequeño burguesa. El ritmo de carrera de Marcel es sólido; me cuesta mantener la brecha de dos metros que nos separa. Mi respirar es penoso y debo boquear constantemente. Luego de engullir miles de metros de duro asfalto, el paisaje se transforma en un verde páramo. Algunas personas que nos han visto pasar en días anteriores saludan batiendo sus manos con entusiasmo. Por el flanco de la izquierda alguien nos pide que nos detengamos. Marcel y yo, confundidos, –pues no conocemos a quien nos habla– paramos en seco. El hombre tiene unos cincuenta años, viste un pantalón de lona azul, botas de media caña con las agujetas a medio amarrar y camiseta roja. Se acerca a nosotros y masculla en una armoniosa y exuberante mezcla de rumano, castellano y francés. A pesar de nuestro desconcierto entendemos el mensaje inmediatamente. Propone algo bastante simple: él y otras tres personas –dos hombres más y una mujer, que al parecer son parientes entre sí– nos demandan ayuda para levantar la gran carpa que yace como un escuálido elefante blanquiazul al que le ha dado por no despertarse el día de hoy. No hay ninguna razón para decir que no y Marcel y yo nos miramos cómplices para enseguida asentir ambos con la testa. Nos entregan unas estacas de acero y un mazo con un interminable mango de madera. La tarea en un principio parece sencilla. Hundimos un poco la estaca en la suave hierba y la sometemos a salvajes martillazos; yo doy unos cuantos y después entrego exhausto el mazo a Marcel. Transcurren diez minutos y el avance es casi nulo. Marcel me mira implorando una solución, los dos estamos chorreantes en sudor, pero el bastón de hierro apenas si se ha hundido unos pocos centímetros. Alrededor, nuestros compañeros se parten de la risa con el hilarante avance. El más viejo de los hombres –que al parecer es el jefe– se acerca, y sin mediar palabra, nos demuestra cómo se debe sujetar el mazo, la posición exacta desde la cual hay que alzar el gran martillo y la inclinación específica para que el golpe rinda frutos. Nos advierte –también sin palabras– que la tarea será más fácil si en vez de uno, usamos dos martillos para que alternadamente demos de porrazos al fierro. Comprendemos la explicación y con formidable decisión nos lanzamos nuevamente sobre la barra metálica. Hemos asimilado el método y logramos incrustar en el suelo varias estacas. Después toca amarrar gruesas cuerdas a las estacas, y con colosal coordinación, levantar el pesado tenderete apuntalando sus distintas zonas utilizando mástiles descomunales. La operación es delicada, pues no deben quedar áreas del techo ni cuerdas sin tensar. Uno de los postes ha quedado suelto y se ha desprendido del tinglado para caer amenazante cerca de nosotros. Luego de varias horas, una extensa sombra ha cubierto el solar y hemos terminado. Todos nos agradecen con alegría. Nos palmean la espalda con vehemencia para enseguida conducirnos hacia un monumental contenedor. Subimos a un tonel que se encuentra a un costado para poder ver dentro. Tres reptiles descansan en el formidable estanque de agua turbulenta. El cocodrilo que está al fondo tiene levantado el cráneo; desafiante, muestra los afilados dientes y las temibles mandíbulas. Su poderosa coraza de escamas duras y secas brilla intensamente. En el centro de la piscina, el saurio más pequeño mantiene la cabeza dentro del agua y genera un continuo y retador cúmulo de burbujas. El tercero, se ha percatado que uno de los ayudantes está por lanzar al interior el cadáver de una gallina inerte y gira bruscamente. Tras el sobresalto, descendemos del tonel, nos alejamos del estanque y, antes de irnos, el jefe nos entrega cuatro entradas para la función del día siguiente. Las ha traído desde el interior de la caravana, estacionada junto a una tremenda y silente roca.

iconAlberto Hierbasanta dslr-camera Alberto Hierbasanta

Anuncios

Sé libre y comparte tu opinión:

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s