…un 19 de Septiembre, a las 13:14 horas

Era un día normal hasta que la tierra comenzó a moverse. El reloj marcaba las 13:14 horas cuando la vida de cientos de personas, incluyendo la mía, iba a cambiar por completo. No alcancé a bajar, me quedé en mi lugar; sin embargo, el movimiento era tan fuerte que terminé debajo de mi escritorio. Cuando la oscilación terminó pude descender junto con varios de mis compañeros que nos quedamos en el tercer piso del Periódico REFORMA.

Llegando a la puerta principal, los editores ya comenzaban a llamar o mandar mensajes a los reporteros para que se movilizaran hacia los lugares más afectados. Ese día llegué al corazón de México alrededor de las 7:30 horas, pero, en mi deber de informar y ayudar desde mi trinchera, me quedé hasta las 22:00 horas.

Evidentemente, yo no tenía ni idea que me había quedado sin casa como cientos de capitalinos, sólo estaba tranquila porque mi familia estaba bien, asustados pero a salvo.

Empecé a preocuparme cuando recibí las primeras notas de mis compañeros reporteros, cuando vi que en la Del Valle se registraba una de las mayores afectaciones del sismo de 7.1 grados. Estaba tan saturada de trabajo que por mi cabeza jamás pasó que mi casa ya no era mi casa.

Al salir de la redacción, tuve que irme caminando hacia Elena Arizmendi 23; no había transporte y todo era un caos, una verdadera tragedia. Cuando llegué a Eugenia y División del Norte, el panorama que vi era total destrucción, un edificio colapsó y el lugar estaba lleno de tierra, escombro, ambulancias, Policía Federal, militares y cientos de manos voluntarias.

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Llegando a Gabriel Mancera me detuve un segundo para pensar y respirar… todo era oscuridad, no había luz. Me dio un poco de temor, pero quería llegar a casa, y seguí caminando. En Xola, voluntarios desviaban la circulación porque adelante había colapsado otro edificio.

Arribé a mi departamento y todo era silencio, me sorprendió bastante. Me encontré a Mayolo, uno de mis vecinos, y le pregunté ¿por qué estás afuera? Y me contestó, voltea. Ahí comprendí que la magnitud del evento también me había golpeado. Me dijo: “entra con mucho cuidado porque el edificio está por colapsar”, y así lo hice.

Subí las escaleras totalmente aterrada porque parecían de papel, empaqué lo primero que mis manos tomaron. Le marqué a mi papá, que también se había quedado sin consultorio, para que fuera por mí.

Esa noche no pude dormir.

Al día siguiente me acompañaron mis papás para ver si podía sacar algo, y así fue. Al entrar al departamento 6 no lo reconocí. Parecía como si hubiera pasado un huracán dejando a su paso una estela de destrucción.

Comencé a llenar bolsas negras de basura con mis cosas básicas cuando de pronto mi papá empezó a gritarme angustiado: “Li, bájate, está tronando el edificio, se va a caer”. Dejé lo que estaba en mis manos y de inmediato tomé de la mano a mi mamá para bajar lo más rápido posible. A partir de ese momento no volví a ingresar al espacio en el que me sentía totalmente segura.

Mi sillón rojo que me encantaba se quedó junto con mi comedor, recámara, parte de mi ropa y elementos de mi cocina.

Regresé a vivir a la casa de mi papá como damnificada. Hace 30 días no podía dormir ni comer, cualquier movimiento, ruido o vibración me asustaba y muchas cosas más. Hoy, ya puedo descansar más de cinco horas seguidas, ya no siento pánico, me alimento mejor.

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Sé que como muchas personas me han comentado “son cosas materiales”, pero aún así duelen, porque son “cosas” por las que te has fregado el lomo para conseguirlas. Sí, me duele mi pequeño patrimonio que aún no sé si voy a poder recuperar, ya que el DRO no ha ido a revisar el lugar.

Agradezco infinitamente y con todo mi corazón a cada una de las personas, amigos y compañeros, que me han dado palabras de aliento para continuar, el que me hayan brindado un abrazo o una muestra de cariño, aquellos que me han prestado su hombro para llorar y sanar. Las palabras no me alcanzan para expresar mi total y profundo agradecimiento.

Aquel martes, a las 13:14 horas, 228 personas fallecieron cuando el temblor interrumpió sus actividades cotidianas: algunos eran oficinistas que cerraban un estado de cuenta; otros eran estudiantes que tomaban la clase de inglés; otras, trabajadoras domésticas, costureras, amas de casa, jubilados, así como empresarios, ingenieros, químicos, extranjeros, bebés… Por ellos, por mis papás, mi hermana y mi Güero, la vida continúa dejándome una experiencia que jamás voy a olvidar.

#19S/2017

icon FERNANDA COVARRUBIAS, dslr-camera FERNANDA COVARRUBIAS

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