Aronofsky, me asusta pero me gusta.

Recuerdo la primera película que vi de Aronofsky, tendría entonces unos 17 años por ahí del 2003. Entonces iba a la preparatoria, y teníamos un camarada con gustos cinéfilos peculiares. Recuerdo que nos puso Réquiem por un Sueño (2000) que había rentado en un cineclub cerca de su casa, éramos entonces un grupo de 6-7 adolescentes amontonados en una cama individual de una pequeña habitación de apartamento. Por poco más de hora y media tuve la sensación de que no quería volver a tocar un solo cigarrillo en mi vida. Claro que no fue así, seguí fumando algunos años.

Lo terrible y a la vez atrayente de Réquiem por un Sueño es que todo empieza siendo, relativamente cool: Jared Leto o Harry Goldfarb, es joven y atractivo, con una adicción a las drogas, y con una novia guapa, rica y con aspiraciones artísticas, interpretada por Jennifer Connelly o Marion Silver. En algún punto no sabes si están actuando o ya los ves a ellos caer por el túnel de la autodestrucción, los ves caer cada vez más bajo no sólo por sus problemas con las drogas sino porque en su concepción de amor, incluso el propio todo está retorcido. Un detalle que no debemos olvidar, es que la mamá de Harry, la señora Goldfarb –que también tiene sus broncas con las drogas– es la mamá de Megan en la película El Exorcista (1973). Ellen Burstyn, tiene un je ne sais quoi con esa sonrisa y mirada de ave de rapiña que pone los pelos de punta y cae perfecta en el  papel de mamá al borde de la locura, o en el caso de señora Goldfarb, en el electroshock. Un detalle inolvidable, la canción de Clint Mansell, Lux Aeterna, en su versión orquestal y la versión psycho de GMS llamada Juice, los harán delirar sin necesidad de drogas, o generarán un extraño malestar en sus entrañas como me sucede a mí.

El Cisne Negro (2010) sí lo vi en el cine, en una sala abarrotada porque creo que la mayoría sólo deseaba mirar la escena de amor intenso entre Natalie Portman y Mila Kunis. Portman es Nina, una delicada, frágil, casi infantil Nina, bailarina desde el vientre materno, o eso pareciera, conforme avanza la película y te das cuenta que la relación madre-hija tiene un mucho de extraño y controlador; ya no te va pareciendo tan atípico el comportamiento obsesivo compulsivo de la bailarina que será la nueva estrella del Lago de los Cisnes, si logra sobrevivir a sí misma y al extraño pajarraco malévolo que va apoderándose de ella lentamente. La música de Tchaikovsky una vez más te genera más miedo y ansias que gozo artístico. Aquí, agregaría como bono que Winona Ryder reapareció luego de muchos años en un papel de enloquecida Prima Ballerina viendo su carrera esfumarse a manos y zapatillas de una más joven.

El Luchador (2008). Confieso que la vi varios años después en televisión por cable. Mickey Rourke y Marisa Tomei tienen en sus espaldas la historia más triste y decadente de un luchador de los años ochentas que se encuentra viejo, cansado, enfermo y solo en el nuevo siglo, y con la clásica actitud de “chavo ruco” viviendo con lo meramente indispensable. Randy “The Ram” se esfuerza por seguir haciendo de su modo de vida la lucha libre, aunque cada vez los eventos son más escasos y más raquíticos en dinero, hasta que una pelea de aniversario con su archienemigo podría sacarlo de la miseria, o podría matarlo. Imagine usted qué pasa. En esta ocasión la música no asusta, pero nunca más vuelves a escuchar Sweet Child O’Mine de los Guns and Roses igual.

Hace unos meses vi ¡Madre! (2017) totalmente de la pluma e imaginación de Aronofsky, una película de suspenso, drama y hasta pareciera realismo mágico que a veces se torna dificilísima de digerir. Un vistazo moderno al jardín del Edén donde Dios resulta ser un poeta bastante egocéntrico, mientras que a Adán y a Eva tú también desearías desterrarlos y desaparecerlos. Una crítica muy dura al cristianismo con escenas que no sabes en qué tiempo están ocurriendo y con momentos y espasmos de silencio atronadores y aterradores también.

Por alguna razón siempre identifico a este director con el uso del sonido y de la música para lograr que sus intenciones se cumplan. Creo que el hecho de que me parezca tan aterrador es que en mi cabeza suenan las piezas musicales y puedo volver a las escenas que me marcaron como espectadora. Incluso el día de hoy, en algunas de mis pesadillas, soy Nina y me convierto en un cisne negro malvado, capaz de cualquier cosa. O como anoche que viví una pesadilla circular en la que sonaba música de Mon Laferte y la única manera de salir era recordar su lugar de nacimiento (que además no lo sé) mientras mi mente giraba como la de la señora Goldfarb. Recomendación al calce: cenar más ligero y dormir con la televisión apagada.

icon Erika Soto, dslr-camera Internet

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