El tenor que llegó a ser presidente

En las últimas décadas la figura presidencial en México ha sufrido un desgaste social notable a consecuencia de las pifias, errores y la torpe personalidad de quien ha ocupado la silla del Ejecutivo Federal. Es probable que a partir de la administración de Carlos Salinas de Gortari, quien gobernó de 1988 a 1994 el descrédito de la figura presidencial haya ido en aumento. Con Vicente Fox (2000-2006) –que ha pasado a la historia como un presidente folclórico, por su lenguaje vulgar, el uso de botas vaqueras en actos protocolarios y su peculiar forma de practicar la política– pensábamos que la denigración y el deshonor de la institución presidencial había tocado fondo, pero llegó el actual jefe del ejecutivo (quien termina su mandato el próximo año) y en verdad ha superado a Fox en ignorancia incompetencia e ineptitud; así lo han documentado los centenares de videos y fotografías que circulan en las redes sociales. Todo lo cual, lo ha colocado como el hazmerreír de la política de los presidentes emanados del Partido que se ostenta como el heredero ideológico de la Revolución Mexicana.

            En este año que está iniciando y en el cual tendremos elecciones para presidente de la República, es preciso rememorar el caso de un revolucionario sonorense que también fue un ilustre cantante. Se trata del destacado tenor de nombre Adolfo de la Huerta, nacido en Guaymas Sonora en 1881.

Como se sabe, De la Huerta llegó a ser presidente interino de la república, antes de cumplir los 40 años de edad, a raíz del asesinato de Venustiano Carranza en mayo de 1920. Una vez instalado en la silla presidencial, convocó a elecciones en ese mismo año resultando electo el general Álvaro Obregón, quien fue presidente de la república de 1920 a 1924.

            Las anécdotas que refieren las personas que conocieron a De la Huerta afirman que en los aciagos días de las luchas constitucionalistas entre 1913 y 1914, Carranza y Obregón solicitaban al joven sonorense que cantara para paliar las jornadas militares, con la frase: “Canta, Fito… canta”, en alusión a la magnífica voz que poseía. Los propios generales revolucionarios se mofaban de él llamándolo “tenorcillo revolucionario” o “El presidente corista”, entre otros motes. No obstante, debido a su congruencia política, a su vida modesta y a su pasión por la música, ha pasado a la historia como: “el único presidente honrado que ha habido en un país de sinvergüenzas y ladrones”.

            Una vez apaciguada la lucha de facciones, con la presidencia de Obregón (1920-1924), Adolfo de la Huerta fue nombrado Secretario de Hacienda, pero en la sucesión presidencial de 1923, nuestro personaje se opuso a la candidatura de Plutarco Elías Calles y con ello se alejó de Obregón, al grado de que lanzó su candidatura presidencial apoyado por el Partido Nacional Cooperatista, hacia finales de ese mismo año. En su breve campaña realizó un mítin en Pachuca, en el cual logró reunir un gran número de simpatizantes en la Plaza Independencia, teniendo como fondo el Reloj Monumental.

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Debido al constante bloqueo y a la franca animadversión de Obregón y Calles, el ex secretario de Hacienda llamó a una rebelión armada, desconociendo al presidente de la república en diciembre de 1923. A esta movilización militar se le conoce como la “Rebelión Delahuertista” y cundió por toda la república; conviene recordar que prácticamente la mitad del ejército revolucionario apoyó el alzamiento rebelde. La historia nos dice que la revuelta fue derrotada militarmente entre febrero y marzo de 1924, y entonces Adolfo de la Huerta se exilió en Estados Unidos.

A diferencia de los expresidentes de hoy en día, nuestro personaje no contaba con pensiones millonarias, ni con favores políticos de por vida, por lo cual tuvo que trabajar para ganarse el sustento. Para ello estableció un estudio de música y vocalización, en la ciudad de Los Ángeles, California, donde enseñaba el arte del bel canto a artistas noveles de Hollywood. Sus biógrafos afirman que una de sus frases preferidas era algo así como: “Si el alumno no canta, yo lo hago cantar; al tenor lo convierto en bajo y al bajo en tenor…”. Tal era su prestigio y fama en Estados Unidos que el hijo de Enrico Caruso llegó a estudiar con el ex presidente interino mexicano, y el mismo tenor que había visitado México en 1919 se refirió al maestro de canto como un “eximio tenor” y lo consideraba casi como su sucesor musicalmente hablando.

            Adolfo de la Huerta regresó a México durante la presidencia de Lázaro Cárdenas a mediados de la década de 1930 y murió en condiciones modestas en la ciudad de México en 1955. En este lapso siguió dando clases de canto. Su secretario particular afirmó en sus escritos: “No robaba ni asesinaba… ¡pero sabía cantar!” En efecto, el ex presidente interino Adolfo de la Huerta ha sido un caso extraordinario de un artista del bel canto que además fue un político que no robó ni asesinó. Tal vez por esa razón no ha tenido los suficientes reflectores en la historia de México, ya que estamos ante un acontecimiento insólito e infrecuente de un político mexicano con sensibilidad artística y además honrado.

icon Daniel Escorza Rodríguez dslr-camera Internet

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