El último Jedi debe vivir

Los Nachos con Queso estábamos trabajando duro para la fecha de estreno de The Last Jedi, así que tuvimos que esperar toda una semana para verla y poder tener una opinión propia, fue bastante difícil alejarnos de los spoilers y los memes, pero finalmente valió la pena. Teníamos que ver una de nuestras sagas favoritas y además, saber el porqué de tanta polvareda, que si había gente que la amó, gente que la odió y gente que, sigue despertando en las noches sin saber qué pensar.

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Ustedes saben que aquí jamás tiramos spoilers porque es muy grosero, pero es un poco difícil dada la naturaleza de la historia, y más difícil todavía porque ya en Facebook nos ganaron, así que los Nachos con Queso levantaremos nuestro dedito al estilo Romano y permitiremos a la nueva película vivir… sí, ya nos están viendo feo, pero, tenemos razones para hacerlo:

  • Primero, sin ser más Papistas que el Papa, el ritmo está bueno, si fuera canción sería salsa, empieza donde dejamos The Force Awakenes y de ahí tenemos que agarrar de nuevo el ritmo, y eso es muy propio de las Star Wars, no te vuelven a explicar nada porque se supone que estamos hablando de la misma línea temporal, es como si ustedes fueran a una fiesta, y cada que se sientan luego de cada canción quisieran que la banda les dijera a todos qué sigue y cuáles tocaron antes, o sea no va a pasar.
  • Segundo, lamento sacarles lágrimas a los puristas, pero 1977 quedó muy atrás, estamos hablando de 40 años, las cosas tienen que cambiar, ustedes no son una copia fiel de sus padres, ni de las costumbres, ni de la ropa, vaya ni del mismo lenguaje, así que sigo sin entender por qué quieren ver lo mismo de hace cuatro décadas, tampoco se puede.
  • Tercero, los conflictos existenciales y personales de los personajes principales también tienen que cambiar, Rey y Kylo, están siendo una nueva voz para otro tipo de generación, sin raspones pero la chaviza de hoy no desea lo mismo que ustedes mis queridos treintones y cuarentones, yo les puedo decir que para mí Leia era una súper princesa porque jamás se dejó rescatar por Luke en The New Hope, ella podía usar un blaster y podía luchar, venga, ni princesa, era una guerrera que sí hubiera surgido en ésta época hasta playera de “Mother Fucker Princess” hubiera usado, entonces pónganse filosóficos y dense cuenta de qué pasa con Rey.
  • Rey merece puntos individuales: primero no es princesa ni quiere, Rey es una mujer joven autosuficiente que está tan metida en sus problemas que hasta el amor le vale madre, hasta que se da cuenta que tiene algo que los demás no tienen, y no sabe qué hacer con ello, y sí quiere hacer algo, pero está más confundida que milennial mirando un diskette de tres y media pulgadas.
  • Rey no tiene miedo… no puedo dar muchos datos al respecto, pero su principal fortaleza es esa, miedo no está en su vocabulario.
  • Rey tiene más midiclorias en un dedo, que muchos, porque representa esa new hope del siglo, así que necesitamos a un representante digno.
  • Cuarto, la palabra más temida, marketing, existe en mercadotecnia el proceso de adaptación de un producto en el tiempo, por ejemplo, recuerden cuando ustedes eran niños y su mamá les compraba su Choco-milk, ese Pancho Pantera, no es el mismo Pancho Pantera de ahora y eso obedece, a que cada cierto tiempo la imagen debe ir evolucionando para que, los consumidores meta se sientan atraídos por su producto, algo así está pasando acá.
  • Quinto, coincidimos que esto se siente totalmente diferente, pero por eso deberíamos darle un motivo para vivir y probar que pueden ser los nuevos héroes y villanos de la galaxia, Mark Hamill incluso hizo sus propias declaraciones, “no se siente como mi Luke” pues no, pero no le quita las frases memorables y el giro inesperado.

Así que estamos dispuestos a saber qué sigue y continuar consumiendo el producto aunque sea vendido por la compañía del ratón, después de todo, cada ciertos años, merecemos alguna heroína acompañada de un secuaz peludo que nos recuerde la historia de una galaxia muy, muy lejana.

In Memoriam

Hace un año perdimos a la princesa más famosa de la Galaxia, Leia Organa mejor conocida como Carrie Fisher, los motivos de su muerte debelados meses después, expusieron que fiesteaba durísimo a sus 60 primaveras y se le pasó la mezcla de drogas, alcohol y seguramente rock and roll, fue un shock, pero también fue una persona que vivió con intensidad la vida y tuvo la fortuna de confesarlo todo en El diario de la princesa, ahora sabemos que Leia y Han sí tenían todo que ver y no la culpo, gracias princesa, comandante y rebelde por ser el rostro y la actitud de no una, sino varias generaciones.

Hace un año también perdimos a otra comandanta de ésta galaxia, que como Leia, vivió la vida con intensidad, crio a tres hijos propios y uno que otro agregado cultural igualmente como sus hijos, que siempre era la que más bailaba en la fiesta así al día siguiente no pudiera moverse, la que cuando mordía su taco lo hacía con más alegría y la que siempre tuvo una mano de ayuda para todo aquel que se le acercara, así fuese un ladrón, ella jamás les negó nada, gracias a Rosita Ornelas por ser el rostro y la actitud que nos ha traído hasta acá a muchos de sus críos adoptados.

icon Erika Soto, dslr-camera Internet

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Aronofsky, me asusta pero me gusta.

Recuerdo la primera película que vi de Aronofsky, tendría entonces unos 17 años por ahí del 2003. Entonces iba a la preparatoria, y teníamos un camarada con gustos cinéfilos peculiares. Recuerdo que nos puso Réquiem por un Sueño (2000) que había rentado en un cineclub cerca de su casa, éramos entonces un grupo de 6-7 adolescentes amontonados en una cama individual de una pequeña habitación de apartamento. Por poco más de hora y media tuve la sensación de que no quería volver a tocar un solo cigarrillo en mi vida. Claro que no fue así, seguí fumando algunos años.

Lo terrible y a la vez atrayente de Réquiem por un Sueño es que todo empieza siendo, relativamente cool: Jared Leto o Harry Goldfarb, es joven y atractivo, con una adicción a las drogas, y con una novia guapa, rica y con aspiraciones artísticas, interpretada por Jennifer Connelly o Marion Silver. En algún punto no sabes si están actuando o ya los ves a ellos caer por el túnel de la autodestrucción, los ves caer cada vez más bajo no sólo por sus problemas con las drogas sino porque en su concepción de amor, incluso el propio todo está retorcido. Un detalle que no debemos olvidar, es que la mamá de Harry, la señora Goldfarb –que también tiene sus broncas con las drogas– es la mamá de Megan en la película El Exorcista (1973). Ellen Burstyn, tiene un je ne sais quoi con esa sonrisa y mirada de ave de rapiña que pone los pelos de punta y cae perfecta en el  papel de mamá al borde de la locura, o en el caso de señora Goldfarb, en el electroshock. Un detalle inolvidable, la canción de Clint Mansell, Lux Aeterna, en su versión orquestal y la versión psycho de GMS llamada Juice, los harán delirar sin necesidad de drogas, o generarán un extraño malestar en sus entrañas como me sucede a mí.

El Cisne Negro (2010) sí lo vi en el cine, en una sala abarrotada porque creo que la mayoría sólo deseaba mirar la escena de amor intenso entre Natalie Portman y Mila Kunis. Portman es Nina, una delicada, frágil, casi infantil Nina, bailarina desde el vientre materno, o eso pareciera, conforme avanza la película y te das cuenta que la relación madre-hija tiene un mucho de extraño y controlador; ya no te va pareciendo tan atípico el comportamiento obsesivo compulsivo de la bailarina que será la nueva estrella del Lago de los Cisnes, si logra sobrevivir a sí misma y al extraño pajarraco malévolo que va apoderándose de ella lentamente. La música de Tchaikovsky una vez más te genera más miedo y ansias que gozo artístico. Aquí, agregaría como bono que Winona Ryder reapareció luego de muchos años en un papel de enloquecida Prima Ballerina viendo su carrera esfumarse a manos y zapatillas de una más joven.

El Luchador (2008). Confieso que la vi varios años después en televisión por cable. Mickey Rourke y Marisa Tomei tienen en sus espaldas la historia más triste y decadente de un luchador de los años ochentas que se encuentra viejo, cansado, enfermo y solo en el nuevo siglo, y con la clásica actitud de “chavo ruco” viviendo con lo meramente indispensable. Randy “The Ram” se esfuerza por seguir haciendo de su modo de vida la lucha libre, aunque cada vez los eventos son más escasos y más raquíticos en dinero, hasta que una pelea de aniversario con su archienemigo podría sacarlo de la miseria, o podría matarlo. Imagine usted qué pasa. En esta ocasión la música no asusta, pero nunca más vuelves a escuchar Sweet Child O’Mine de los Guns and Roses igual.

Hace unos meses vi ¡Madre! (2017) totalmente de la pluma e imaginación de Aronofsky, una película de suspenso, drama y hasta pareciera realismo mágico que a veces se torna dificilísima de digerir. Un vistazo moderno al jardín del Edén donde Dios resulta ser un poeta bastante egocéntrico, mientras que a Adán y a Eva tú también desearías desterrarlos y desaparecerlos. Una crítica muy dura al cristianismo con escenas que no sabes en qué tiempo están ocurriendo y con momentos y espasmos de silencio atronadores y aterradores también.

Por alguna razón siempre identifico a este director con el uso del sonido y de la música para lograr que sus intenciones se cumplan. Creo que el hecho de que me parezca tan aterrador es que en mi cabeza suenan las piezas musicales y puedo volver a las escenas que me marcaron como espectadora. Incluso el día de hoy, en algunas de mis pesadillas, soy Nina y me convierto en un cisne negro malvado, capaz de cualquier cosa. O como anoche que viví una pesadilla circular en la que sonaba música de Mon Laferte y la única manera de salir era recordar su lugar de nacimiento (que además no lo sé) mientras mi mente giraba como la de la señora Goldfarb. Recomendación al calce: cenar más ligero y dormir con la televisión apagada.

icon Erika Soto, dslr-camera Internet

…un 19 de Septiembre, a las 13:14 horas

Era un día normal hasta que la tierra comenzó a moverse. El reloj marcaba las 13:14 horas cuando la vida de cientos de personas, incluyendo la mía, iba a cambiar por completo. No alcancé a bajar, me quedé en mi lugar; sin embargo, el movimiento era tan fuerte que terminé debajo de mi escritorio. Cuando la oscilación terminó pude descender junto con varios de mis compañeros que nos quedamos en el tercer piso del Periódico REFORMA.

Llegando a la puerta principal, los editores ya comenzaban a llamar o mandar mensajes a los reporteros para que se movilizaran hacia los lugares más afectados. Ese día llegué al corazón de México alrededor de las 7:30 horas, pero, en mi deber de informar y ayudar desde mi trinchera, me quedé hasta las 22:00 horas.

Evidentemente, yo no tenía ni idea que me había quedado sin casa como cientos de capitalinos, sólo estaba tranquila porque mi familia estaba bien, asustados pero a salvo.

Empecé a preocuparme cuando recibí las primeras notas de mis compañeros reporteros, cuando vi que en la Del Valle se registraba una de las mayores afectaciones del sismo de 7.1 grados. Estaba tan saturada de trabajo que por mi cabeza jamás pasó que mi casa ya no era mi casa.

Al salir de la redacción, tuve que irme caminando hacia Elena Arizmendi 23; no había transporte y todo era un caos, una verdadera tragedia. Cuando llegué a Eugenia y División del Norte, el panorama que vi era total destrucción, un edificio colapsó y el lugar estaba lleno de tierra, escombro, ambulancias, Policía Federal, militares y cientos de manos voluntarias.

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Llegando a Gabriel Mancera me detuve un segundo para pensar y respirar… todo era oscuridad, no había luz. Me dio un poco de temor, pero quería llegar a casa, y seguí caminando. En Xola, voluntarios desviaban la circulación porque adelante había colapsado otro edificio.

Arribé a mi departamento y todo era silencio, me sorprendió bastante. Me encontré a Mayolo, uno de mis vecinos, y le pregunté ¿por qué estás afuera? Y me contestó, voltea. Ahí comprendí que la magnitud del evento también me había golpeado. Me dijo: “entra con mucho cuidado porque el edificio está por colapsar”, y así lo hice.

Subí las escaleras totalmente aterrada porque parecían de papel, empaqué lo primero que mis manos tomaron. Le marqué a mi papá, que también se había quedado sin consultorio, para que fuera por mí.

Esa noche no pude dormir.

Al día siguiente me acompañaron mis papás para ver si podía sacar algo, y así fue. Al entrar al departamento 6 no lo reconocí. Parecía como si hubiera pasado un huracán dejando a su paso una estela de destrucción.

Comencé a llenar bolsas negras de basura con mis cosas básicas cuando de pronto mi papá empezó a gritarme angustiado: “Li, bájate, está tronando el edificio, se va a caer”. Dejé lo que estaba en mis manos y de inmediato tomé de la mano a mi mamá para bajar lo más rápido posible. A partir de ese momento no volví a ingresar al espacio en el que me sentía totalmente segura.

Mi sillón rojo que me encantaba se quedó junto con mi comedor, recámara, parte de mi ropa y elementos de mi cocina.

Regresé a vivir a la casa de mi papá como damnificada. Hace 30 días no podía dormir ni comer, cualquier movimiento, ruido o vibración me asustaba y muchas cosas más. Hoy, ya puedo descansar más de cinco horas seguidas, ya no siento pánico, me alimento mejor.

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Sé que como muchas personas me han comentado “son cosas materiales”, pero aún así duelen, porque son “cosas” por las que te has fregado el lomo para conseguirlas. Sí, me duele mi pequeño patrimonio que aún no sé si voy a poder recuperar, ya que el DRO no ha ido a revisar el lugar.

Agradezco infinitamente y con todo mi corazón a cada una de las personas, amigos y compañeros, que me han dado palabras de aliento para continuar, el que me hayan brindado un abrazo o una muestra de cariño, aquellos que me han prestado su hombro para llorar y sanar. Las palabras no me alcanzan para expresar mi total y profundo agradecimiento.

Aquel martes, a las 13:14 horas, 228 personas fallecieron cuando el temblor interrumpió sus actividades cotidianas: algunos eran oficinistas que cerraban un estado de cuenta; otros eran estudiantes que tomaban la clase de inglés; otras, trabajadoras domésticas, costureras, amas de casa, jubilados, así como empresarios, ingenieros, químicos, extranjeros, bebés… Por ellos, por mis papás, mi hermana y mi Güero, la vida continúa dejándome una experiencia que jamás voy a olvidar.

#19S/2017

icon FERNANDA COVARRUBIAS, dslr-camera FERNANDA COVARRUBIAS

Cuando ESO te vuelve a dar miedo, gracias Stephen King

Confieso que tenía emoción sobre este tema. De verdad, mi niña interior quería que llegara el estreno de la película de ESO porque, no sé tú, pero aquellos que fuimos pequeños en los noventas tuvimos pesadillas durante semanas cada que pasaban en el canal cinco la dichosa película. Ya entrados en auténticas confesiones, yo le tenía terror hasta a los comerciales que anunciaban los sábados de cine permanencia voluntaria. Así que, siendo unos “nachos con queso” muy profesionales, durante la semana previa a ir al cine, me senté durante 3 horas y 10 minutos y me propuse la firme empresa de mirar ESO, y esto fue lo que encontré:

ESO (1990) de la dirección de Tommy Lee Wallace, nos lleva a un pequeño pueblo en Maine en los años 60’s, donde un grupo de niños que se autodenominan “los Perdedores” empiezan a estrechar sus lazos de amistad debido a sucesos… digamos paranormales. Y es que no tiene nada de normal que tu lavabo explote en sangre, o que un payaso salga del piso de la regadera, al mismo tiempo que tratan de salvar su trasero una y otra vez de un bully y su pandilla que parece que les pagan por hacer sufrir a los ñoños. Y bueno, lo que todos recordamos –no sin muchos escalofríos–: el Pennywise, el payaso bailarín, encarnado por Tim Curry (lamento decirles que no lo van a recordar por otra cosa, porque es un actor principalmente de teatro y de voz en series animadas, así que en sus mentes siempre será Pennywise). La verdad es que, veintitantos años después de la última vez que la vi, admito que no me espanté nada; pero fue una experiencia agradable porque tuve recuerdos de infancia cuando estaba en la primaria y muchos no nos queríamos volver a bañar nunca más, o si lo hacíamos salíamos con los ojos bien irritados por el champú porque no nos permitíamos cerrar los ojos, no fuera siendo la de malas.

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También es cierto que antes las personas éramos más inocentonas. En la película había meras sugerencias de violencia pero nunca veías cómo se comían a los niños. Lo único que intuías era que los dientes filosos del payaso los masticaban y con eso tenías para morirte de miedo. Ahora, también los efectos estaban bien “chafitas”, pero para la época funcionaron de lujo; pero aún con efectos malones y actuaciones hiper tiesas –porque tanto niños como adultos de verdad parecían aficionados de teatro local–: los niños, que se asustan y se tapan los ojos, hacen ver a la Tucita de Pedro Infante como actriz consagrada, y los adultos son la versión doblemente más catarra que sus personajes niños (la Beverly adulta es nada más ni nada menos que la mamá de Clark Kent en Smallville, Anette O’Toole). Lo mejor –y lo que creo que convirtió a ésta en una cinta de culto– es que Tim Curry tenía un personaje bien mórbido. La primera vez que miras al payaso parece inofensivo, pero cuando comienza a hablar y reír de manera socarrona es perturbador, porque todo lo hace con la intención de ser irónico; pero de esa ironía pasa al terror, por lo que no me sorprende que en aquella época mucha gente desarrolló más coulrofobia que en años anteriores.

Así llegó finalmente el día en el que fui al cine. Con palomitas, nachos y mucho valor en mano, llegué al cine a ver ESO (2017), de Andy Muschietti, una readaptación al siglo XXI, porque creo que ya más que remake fue un refresh. Los adultos merecíamos nuevas pesadillas; los más jóvenes merecían más dosis de payasos malditos, y al final la película lo logra de manera bastante decente. Primero, quiero recalcar que las actuaciones de los niños son –por mucho– más fluidas. Aunque esta vez situaron la acción a finales de los 80’s, las personalidades están bien definidas. Los momentos de risa son los que liberan un poco la tensión, y el payaso… Pennywise, el bailarín, es bastante feo. Aunque Bill Skarsgård no es nada feo, su caracterización sí lo es. En esta ocasión pasaron directamente al terror, no hay manera de encontrarle lo inofensivo a esos ojos color reptil y la voz chillona remata el personaje. Los efectos están muy bien logrados y ahora sí vas a ver harta sangre, tripas, miembros ensangrentados, dientes y más dientes, porque las nuevas generaciones son más aguantadoras y no se espantan con nada. Los momentos de tensión están que te dan ganas de cerrar los ojos (los que estaban junto a mí estaban al borde del colapso nervioso) y la verdad es que para ser la primera parte –porque la película duraría como cinco horas si hubieran contado toda la historia de un jalón como en los 90’s–, sus 2 horas 15 minutos fueron suficientes para dejarnos con ganas de más.

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No me gustar tirar spoilers, porque la idea es que te dé curiosidad y la veas; sólo tengo que decirte que ya nunca más tendrás los ojos irritados por el champú por bañarse con los ojos abiertos, pero tendrás nuevos temores acechándote, porque todos flotan y tú también.

iconErika Sotodslr-cameraJuan Pablo Zamora

¿Qué falló en el Festival de Cine de América?

Lucía Carreras habla en entrevista con Kanik sobre lo que un grupo de jurados y cineastas seleccionados consideraron una falta de respeto de la organización que, entre otras, contribuyó a la nula trascendencia del encuentro cinematográfico en Pachuca.

Jurados y representantes de las películas en competencia del Festival Internacional de Cine de América, desarrollado en Pachuca del 5 al 9 de agosto pasado, alzaron la voz para denunciar la “falta de respeto, maltrato, poca resolución de problemas y falta de responsabilidad de la directiva” de este evento que organizó la Secretaría de Cultura de Hidalgo.

En entrevista con Kanik, la guionista y directora mexicana Lucía Carreras (Tamara y la catarina, 2016) aclaró que el festival, en su esencia y propuestas, fue un gran acierto para la cinematografía nacional ya que “ofreció a su público e invitados asistentes una programación de primer nivel”, responsabilidad del programador y director artístico del evento, Rafael Marín, a quien elogió por la selección de importantes producciones de todo el continente para formar –incluso en edición naciente– un festival digno de América.

Entonces, ¿qué falló? Si la materia prima, el valor artístico del Festival Internacional de Cine de América, tuvo la mejor nota y su calidad fue incuestionable, ¿qué llevó al jurado y cineastas involucrados a pronunciarse contra la directiva?

Quizá el problema no implicaba una solución tan complicada –como respetar los tiempos, tener un espacio para hospedar al talento, ofrecerles seguridad, transporte–, esos asuntos que jamás se ven en un festival de cine pero que si no son procurados conducen al fracaso.

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Lucía Carreras está segura de que la existencia de festivales es fundamental para cualquier comunidad; es una manera eficaz para acercar a las personas y a sus creadores, necesaria para crear públicos y vital para impulsar la producción de cine en las regiones geográficas para el diálogo e intercambio entre cineastas.

Por lo mismo, la guionista, en un sentido solidario, dejó en claro que hacer públicas sus inconformidades, así como la de varios de sus compañeros, responde más a una reflexión constructiva que a una declaración de sabotaje.

“Llamamos a que se mantenga este espacio pero bajo condiciones distintas, pudimos ver que el poco público asistente –poco por la falta de difusión del evento– disfrutó las películas y el intercambio con los creadores. Se pudo ver una representación importante del cine de todo América, diverso y de gran calidad. De igual manera, reconocemos el esfuerzo que los colaboradores hicieron para tratar de que este evento cinematográfico se desarrollara lo mejor posible”. No obstante –dijo– el hecho de que sea la primera vez que se realice no vale como pretexto para las cuestiones suscitadas durante los días en que fue celebrado.

Lucía, quien llegó desde la Ciudad de México a Pachuca para evaluar las cintas en competencia y emitir el voto de su experiencia, cuestionó además la difusión del primer Festival Internacional de Cine de América, poco adecuada en los medios de comunicación que no hicieron más que reproducir los boletines de prensa.

Para la guionista, los medios de comunicación locales y nacionales debieron ser convocados para ser parte de la discusión sobre el quehacer cinematográfico regional y para desmenuzar la programación a la población a quien debió contagiar el interés. “No vi en ese papel a la prensa. En los festivales más importantes del mundo ellos tienen un rol incluso crítico. Este no fue el caso”.

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¿Qué le falta al festival de cine que nació en Hidalgo para parecerse, por ejemplo, a los festivales de Cannes, Locarno, Toronto, Morelia o cualquier otra fiesta del séptimo arte en el mundo? Ni siquiera es dinero o contenido; no tiene nada que ver con los creadores de las artes y las ciencias de la pantalla grande. Esto, paradójicamente es un tema resuelto, coincide Lucía Carreras. Se trata de un compromiso básico, logístico.

Como fue señalado en un manifiesto colectivo signado por miembros del jurado y creadores, no es más que:

“Garantizar, por encima de todo, la seguridad de los invitados, además de ofrecer transportación, alojamiento y condiciones adecuadas que respeten su carácter. Una difusión adecuada en medios y redes sociales que asegure que la población de la ciudad conozca la programación, las sedes, los horarios y las actividades. Que se proyecten las películas que se programan, sin excepción alguna, y que las actividades señaladas se lleven a cabo dentro del marco del respeto al trabajo de los asistentes y creadores de las mismas. Que se ofrezcan condiciones adecuadas, entendiendo las posibilidades con las que cuenta el evento, y evitar así la desatención y maltrato a quienes, de manera gratuita, ofrecen su presencia para apoyar el desarrollo del mismo. Contar con un equipo para su organización, partiendo de la directiva, que conozca cómo se deben desarrollar estos eventos, con experiencia suficiente para llevarlo a buen puerto. Cuidar que la información que se plasma en programas de mano y otros espacios sea correcta y completa.”

¿Es pedir demasiado? Lucía, como la voz de otros firmantes de estas peticiones, insiste: “no queremos que el Festival deje de celebrarse, al contrario, queremos apoyarlo”. Así lo hicieron al quedarse en atención a los espectadores y al “excelente trabajo del director artístico Rafa Marín, a quien tengo un profundo respeto y admiración. Queremos que se haga en un marco de respeto, organización y seguridad para así llevar a los hidalguenses el festival cinematográfico que se merecen”, concluye.

¿Quiénes firman esta reflexión?

Para que te des una idea de quiénes fueron las personas que formaron parte del Festival de Cine de América y que expresaron su sentir por la necesidad seria de estudiar los errores de la organización, Kanik te comparte los nombres y algunos datos de su perfil que, cabe destacar, no están disponibles en el portal oficial http:ww.ficahidalgo.com:

1.- Fernando Álvarez Rebeil (jurado). Actor de teatro, cine, televisión y videos experimentales. Director artístico del Festival Internacional de Cine en el Desierto (Sonora) desde 2014

2.- Luis Briones, cineasta mexicano con película en competencia

3.- Lucía Carreras (jurado). Escritora y directora mexicana, conocida por La jaula de oro (2013), Nos vemos, papá (2011) y Tamara y la catarina (2016)

4.- César Demián, cineasta y fotógrafo profesional con base en México

5.- Renato Galamba (jurado), productor de cine

6.- Aleyda Gallardo (jurado), actriz y directora de casting

7.- Iria Gómez Concheiro, cineasta. Ganó el Ariel por el mejor corto con Dime lo que sientes (2006)

8.- Andrei Kireev, profesional de sonido cine, dedicado a efectos de sonido sonoros y edición de diálogos

9.- Rodrigo Ríos Legaspi es editor y actor, conocido por Pastorela (2011), Somos lo que hay (2010) y Conozca la cabeza de Juan Pérez (2008)

10.- David Pablos (jurado invitado). Director, editor y guionista, participó en seis largometrajes, logró el reconocimiento por dirigir La vida después (2013) y Las elegidas (2015).

11.- Cristián Darío Pellegrini. Director de cine argentino, conocido por La pasión de Verónica Videla (2012)

12.- María Renée Prudencio (jurado). Escritora y actriz, conocida por El hotel de los secretos (2016), Quemar las naves (2007) y Tercera Llamada (2013).

13.- Marcos Santuário (jurado). Periodista y profesor brasileño, apasionado de América Latina, la globalización, las tecnologías, la cultura y el cine

14.-  Alex Smith (jurado). Director y guionista estadounidense

 

iconAlejandro Galindo dslr-camera Internet

 

Los Parecidos. El cine fantástico mexicano se deshace de sus miedos.

Se pudo ver en México por primera vez en el Mórbido Film Fest y ahora se puede disfrutar desde casa con su llegada al catálogo de Netflix.

Los Parecidos es una película de ciencia ficción ambientada en la madrugada del 2 de octubre de 1968. Dentro de una estación de autobuses que se encuentra aislada de la civilización por una lluvia torrencial que en apariencia ha azotado a gran parte de México. Una serie de personajes se descubren enclaustrados de momento.

Martín (Fernando Becerril) es el encargado de la taquilla y espera jubilarse en los próximos días; Ulises (Gustavo Sánchez Parra) está a punto de ser papá; Irene (Cassandra Ciangherotti) huye de su marido junto con el bebé que lleva en su vientre; Álvaro (Humberto Busto) es un estudiante de medicina que se dirige al mitin de los estudiantes en Tlatelolco; Gertrudis (Carmen Beato) e Ignacio (Santiago Torres) son madre e hijo implicados en una difícil relación en la que el pequeño tiene que ser medicado ante un trastorno desconocido. Completan el cuadro Roberta (María Elena Olivares), una indígena que desde el primer momento se muestra desconfiada, y Rosa (Catalina Salas), una mujer que trabaja en la estación.

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El detonante de la historia es la urgencia que los personajes tienen por llegar a la Ciudad de México; pero todos los camiones se encuentran retrasados y no parece haber señal alguna de que las cosas cambien. Si al principio de esta columna se menciona a todos los personajes es por el formato en el que se vuelca esta ficción. Ezban se convierte en un titiritero que juega con sus seres dentro de una caja repleta de desquicio e incertidumbre.

Los eventos cambian por completo en la madrugada: una fuerza sobrenatural se va apoderando de los implicados. Uno de los principales hilos que suelta Ezban es la información que el espectador va adquiriendo poco a poco de los elementos que rodean la historia. La película se convierte en una muñeca rusa que contiene detalles y aspectos cuidadosamente ensamblados por su orquestador.

El sonido es un personaje más de Los Parecidos, como lo menciona su director. El radiotransmisor que suena desde la taquilla impide el diálogo desesperado de Ulises con su suegro. El volumen de la música y los gritos convertidos en súplica inician un desconcierto total entre los personajes que logra contagiar al espectador. Hay una sensación de agobio y desesperación por explicar las reacciones. Las situaciones que viven los llevarán a un límite de las emociones en las que siempre parece haber un culpable.

En Los Parecidos, la identidad y el poder de las instituciones para cambiar aspectos de los habitantes son contenidos en una serie de personajes que viven presos ante la imposibilidad de escapar de su presente; pero las puertas de la estación no son las barreras, sino los prejuicios y las historias personales que cada uno carga y de las que en apariencia intentan escapar de alguna u otra manera.

La idea que dice que somos seres con personalidad propia, diferentes uno de otro y con rasgos físicos que nos hacen irrepetibles, es destruida en Los Parecidos. La película se mueve fácilmente entre subgéneros. Asimismo, se mezcla con referencias y homenajes; uno claro es la estética retomada de las series de los años sesenta. Ezban es un gran cinéfilo, pero sobre todo un director que emula a sus maestros. Los parecidos es honesta en su forma pero al mismo tiempo agrega su huella y es ahí donde el buen cine se desmarca de la copia barata y del falso homenaje.

El joven director ha reconocido una infinidad de referencias en su película; sin embargo, poco a poco ha creado un estilo propio. La creatividad y el talento de Ezban –un buen ejemplo de esa camada de directores que han superado la ópera prima– deben contagiar a nuevos creadores para explorar este tipo de cine, tan denostado en México.

iconAlfonso Blancodslr-cameraInternet

Cada chango con su banana.

 

Recientemente se estrenó la última parte de la Trilogía del Planeta de los Simios, saga que comenzó en el 2011 con El Planeta los simios (R)Evolución, donde se cuenta la historia de un científico, Will Rodman (James Franco), que en su búsqueda de un medicamento que ayude a las personas con Alzheimer desarrolla una extraña vacuna retroviral, que al ser probada en simios, comienza a tener un desarrollo mental que los iguala con los humanos. La chimpancé hembra en la que lo prueban, comienza a tener problemas de actitud por lo que deciden sacrificarla dejando huérfano al pequeño chimpancé que bautizará Will como César, y entonces es cuando la cosa se empieza a poner color de chango, porque resulta que César hereda de su madre la inteligencia superior, aún sin haber recibido dosis de la vacuna. En esta película la parte más impactante resulta ser cuándo César grita al “malo” de Harry Potter y malísimo cuidador del refugio: “¡No!”, antes de electrocutarlo y matarlo.

En el 2014 se estrenó el Planeta de los simios: confrontación. Ahí César y toda su banda, ya dominan gran parte del territorio norteamericano, el virus que vuelve inteligentes a los simios mata a las personas, excepto a las que han desarrollado auto inmunidad a la “gripe changuito”. Aun así los seres humanos se las ingenian para irse a meter donde nadie los llama, lo que genera una confrontación humanos-simios que desata toda una batalla épica. Ya todos sabemos que los monos hablan; sin embargo la parte más tensa es cuando resulta que hasta entre ellos existe un código de ética “simio, no mata simio”, excepto si se trata del malvado Koba, que en su afán de vengarse de la raza humana casi carga con César.

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Y ahora sí, para terminar con la historia de César, se estrenó El planeta de los simios: la guerra. Aquí los simios dominan la tierra, los pocos asentamientos humanos que se ven son caseríos lejos de todo, la mayor parte de los humanos son fuerzas militarizadas y el virus simio ha mutado de tal forma que los humanos que se contagian de él empiezan a perder las capacidades del habla, son humanos-monos y pues el buen César también empieza a hacerse viejo; pero como buen viejo más sabio y lo demás no se los cuento porque a pesar de ser una película bien larga vale la pena la borrada de alcancía, porque cierra muy bien las tres historias que se consideraron precuelas.

Si bien Fox anunció que no tenían nada que ver con la serie del Planeta de los Simios de los 70’s, en los Nachos con Queso hicimos votación y ganó por mayoría, unanimidad y totalitarismo (porque los Nachos con Queso soy yo sola) que cada generación tiene a la dominación mundial por macacos que merece.

Corría el año del ‘68 y entonces se estrenó El Planeta de los Simios. Charlton Heston era el coronel Taylor que, mientras se embarca en una misión espacial, sufre junto a su tripulación un choque en un planeta que está liderado por simios con características humanoides. A los pocos humanos que encuentran los hacen prisioneros por considerarlos fenómenos. Y aquí quiero hacer la acotación que en esa época Charlton Heston era… EL ACTOR. Para ese entonces ya había sido Judah Ben-Hur (1959),  El Cid (1961), fue dos veces Marco Antonio, una Julio César y poquito le faltó para ser Cleopatra. Actuó como Moisés en los 10 mandamientos (1956) y seguiría una larguísima carrera hasta su muerte en el 2008. Así que, en la época que mis padres eran chamaquillos, todos querían ser el guapo de Heston, mientras él demostraba su superioridad intelectual a una pandilla de simios capaces de cometer salvajadas. La mejor parte de esa primer película es cuando el coronel Taylor camina por la playa y descubre que no es ningún planeta lejano, al ver la estatua de la libertad –o lo que queda de ella– y cae de rodillas, en franco shock (escena que ha tenido a lo largo de los años bastantes parodias).

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Así que, aunque la casa que produce tanto peluche dice que no tienen nada que ver, yo creo que sí. Nosotros crecimos con el CGI y aunque incluso entre el 2011 y el 2017 hay gráficos aún más espectaculares, mi papá todavía me preguntó por el personaje malvado del Planeta de los Simios que él recuerda: Urko (mi jefecito veía también la serie en los 70’s, aunque sólo duró una temporada), y me amenazó que no piensa ver una sola película nueva con esos changos si no salía el malvadísimo general Urko… ¿Qué les digo?, mi papá no está preparado para Maurice el macaco que sabe leer, o para Koba que es más malo que terrorista unabomber; en fin, cada chango con su banana.

iconErica Soto dslr-camera Internet