Receta para un té de cerezas

  1. CALENTAR

Como mil hojas navajeando su garganta, un río de lava que rasgaba su carne, así sintió Yuri Kozlov cuando el café caliente le quemó por dentro al enterarse que su país no existía más. La silla soldada al piso del aeropuerto de Los Ángeles le impidió caer. Temblando, puso el vaso sobre la barra de la cafetería. Los murmullos comenzaban a hacer olas en las mesas del lugar. Mientras tanto, en todas las pantallas de la sala de espera se anunciaba la cancelación de todos los vuelos con destino a París, que posteriormente se trasladaban a Moscú. En la televisión, una rubia anunciaba en inglés: “Un golpe de Estado ha ocurrido en la Unión Soviética. Las fuerzas militares informan al mundo la desaparición del Consejo del Soviet Supremo, y anuncian el triunfo de la Glasnot”.

Kozlov abandonó su café, haciendo suspender el vaso sobre el borde de la barra, alegoría del estrépito con el cual toda su identidad caía de repente por el abismo de la geografía. Corrió hacia el área de documentación donde un funcionario de la aerolínea BlackStar miraba el televisor. Un tipo viejo y gordo, cuyos botones de su camisa luchaban con el resto de sus fuerzas por permanecer juntos y no salir disparados.

Al llegar, esto distrajo por un momento a Yuri Kozlov. ¿Por qué todos en Estados Unidos son tan gordos?, pensó. Desde niño le inculcaron que los yanquis representaban la decadencia de la humanidad: flojos, obesos, egoístas, cínicos, estampa fiel de un capitalista, y algo de eso confirmó durante su viaje de navidad. Había ido a visitar a su hija mayor, quien hacía cinco años se había casado con un estadounidense. Se conocieron en la Universidad Estatal de Moscú, a donde él había ido a estudiar medicina como parte de un grupo de becarios del Partido Comunista de los Estados Unidos. Al casarse, decidieron vivir en occidente, y ella adoptó la nacionalidad. También los hábitos. Ahora formaban un feliz matrimonio de gordos occidentales.

De modo que Yuri Kozlov parecía el único soviético en todo Estados Unidos, cuando la URSS dejó de existir.

Intentó dominar el torbellino de pensamientos. No podía conciliar la idea de que su país había desaparecido. Necesitaba información. Algo de certeza. Sabía desde siempre que las noticias de occidente tendían a ser falsas ¿La caída de la Unión Soviética era cierta? Hasta hace unas horas antes de esa navidad de 1991, era una de las naciones más poderosas del mundo y ahora las banderas rojas caían de sus manos. El imperio triunfaba y eso desesperaba a Kozlov.

Era un comunista obstinado. Alto, delgado, canoso y aficionado al canto popular ruso. No tenía cargos políticos, apenas era subdirector en una oficina de impresos; sin embargo, cumplía con todos los deberes para con su país. Asistía a todos los desfiles de la Revolución y religiosamente miraba el noticiario estatal con una taza de té de cerezas. Estaba convencido de la grandeza de su nación y tenía por héroe a Stalin, a Kalinin, a Lenin. Decir “se lo debemos a la Revolución Bolchevique”, era su justificación para cada día de trabajo. Cada primero de Mayo, salía alegre a desfilar.

  1. PREPARAR.

De frente al funcionario de BlackStar, notó que éste miraba las noticias con una sonrisa tan amplia que sus gordos cachetes empujaban los párpados tan arriba que casi no se veían sus ojos. Esto indignó a Kozlov. “¿De qué se ríe?”, dijo intentando guardar cierta fría compostura rusa.

– Oh, amigo, ¿no lo ve? Hemos ganado. Esos cerdos comunistas no van más. Jajajajaja. ¡Hemos ganado! ¡América, sí! Jajajajaja.

El gordo era un nacionalista. Conducía una camioneta Lord, tal como su padre y su abuelo, quienes habían sido obreros de la fábrica de automóviles hasta que quebró por fraude. No obstante, seguía creyendo en la industria estadounidense y no consumía nada que proviniera de oriente, por lo que sólo escuchaba música country. Intentó alistarse en el Ejército pero fue rechazado por tener pie plano. Sin embargo, se alistó el Partido Republicano y odiaba por consigna todo lo que proviniera de la URSS, el enemigo ideológico, desde antes que naciera. Entró a trabajar en BlackStar porque su dueño, James Parker, era el hombre más rico de Estados Unidos y eso para él representaba la materialización del “American way of life”.

Las carcajadas del gordo provocaban un temblor en las entrañas de Kozlov. Su país había desaparecido hace unos minutos y de pronto tenía al enemigo riéndose de eso frente a él. Repasó muchos episodios de su formación ideológica. “Sin piedad contra el enemigo de clase”. “El imperialismo yanqui caerá ante el acero soviético”. “Patria o muerte”. “Las provocaciones del enemigo se pagan con sangre”. “A degüello contra los desertores”. ¿Podía quedarse aquel sujeto sin castigo? ¿Qué debería hacer? Entonces hizo lo que cualquier comunista haría. Se acercó al escritorio de documentación, tomó el brazo del funcionario y le dijo:

–Ciudadano ayúdeme por favor. Soy un ruso que viene huyendo de la dictadura. Se lo suplico, ayúdeme, no quiero regresar a la URSS, las cosas se pondrán mucho peores.

El yanqui no dio crédito a las palabras de Kozlov:

–¿Usted es ruso? Oiga amigo, no estoy para juegos ¿A dónde vuela?

–Créame señor –dijo Kozlov cuando sacó su pasaporte y se lo puso en la cara al funcionario–. Mire, mire bien, le digo la verdad. Soy ruso, mírelo con sus propios sus ojos. Tenga piedad, ayúdeme, no vuelo a ninguna parte, quiero quedarme aquí.

–Bien, bien cálmese. He oído de estas cosas. Lo llevaré con un agente aduanal. Si está mintiéndome, ellos se encargarán. No quiero cerdos comunistas lloriqueando en mi escritorio.

 

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  1. SERVIR.

El funcionario de BlackStar empujó a Kozlov hasta la oficina de migración del aeropuerto.

–Oye Cris, mira lo que tengo, es un soviético, dice que no quiere volver a su asqueroso país, por favor haz que se calle.

La agente de migración era una mujer robusta y alta, pelirroja, con las manos del tamaño de la cabeza de Kozlov. Sin decir una palabra, se acercó a él, mientras este repetía:

–Oficial, piedad, no quiero regresar.

La agente tomó por la camisa a Kozlov y lo lanzó contra un banco de aluminio. El cuarto estaba frio, y blanco, iluminado con lámparas de níquel, como una celda de manicomio o una carnicería. Por un segundo Kozlov temió por su vida. ¿Estarían dispuestos a ayudarle o lo habían encaminado a su sepulcro?

Cris tomó las esposas y encadenó a Kolzov a una pata del banco. Se paró frente a él con su metro noventa de estatura. Parecía un pino de la taiga rusa, alzándose entre la incandescente blancura de la nieve para tapar la poca luz que logra arrojar el sol. Ahí, inamovible y sepulcral, la agente tomó de la barbilla a su prisionero:

–Te voy a decir lo que va a pasar, bolchevique. Cuando yo alce ese teléfono –dijo Cris señalando el escritorio metálico donde despachaba– tendrás sobre ti a cientos de marines, agentes de la CIA y puede que hasta el jodido presidente. Te llevarán a un cuartel en un punto indescifrable del mundo, te encerrarán en un cuarto tan horrendo que extrañarás las comodidades de esta oficina y te arrancarán cualquier clase de información sin dejarte dormir, aplicándote ocho descargas de electroshocks al día y llenando tu cabeza con llantos de bebés.

Kozlov la miraba sin parpadear.

–Pero te daré una oportunidad. ¿Quieres una oportunidad, come-niños?

–Lo que quiera.

–¿Sabes preparar té? Por supuesto que sabes. ¡Eres un maldito ruso! Escúchame bien, little bastard, harás un té de cerezas para mí. Será lo último que hagas como un ser humano, antes de que te pudran con la plancha de tortura.

La agente sacó del cajón del escritorio una bolsa pequeña que contenía rabos de cerezas y un frasco con miel. Luego se acercó a Kozlov, le quitó las esposas mientras le apuntaba con una glock nueve milímetros. Con la punta de la pistola le señaló la hornilla oxidada donde los guardias cocinaban o calentaban café. Yuri Kozlov prendió el fuego y puso la tetera, sin un atisbo de nervios. Sin voltar a verla, le dijo:

–Madam, parece que usted conoce bien cómo hacer un té de cerezas. Tiene los ingredientes exactos.

–No me interesan tus observaciones. Claro que sé cómo hacer un té de cerezas. Estuve casada con un ruso como tú.

–¿Como yo?

–Un desertor como tú. ¡No! ¡Como tú, no! A él no le dieron una oportunidad como la que te estoy dando yo, maldito comunista.

Kozlov calló y preparó el té. Las luces de las lámparas se reflejaban en sus canas, como la tundra despejada. Sirvió la infusión en una mugrosa taza de cerámica con las insignias “In God We Trust” y el escudo de los Estados Unidos. Agregó un poco de miel y volteó despacio hacia la agente Cris.

–Está listo el té, madam.

La oficial se acercó a Kozlov sin dejar de apuntar con una mano y con la otra tomó cuidadosamente la taza. Se la acercó a la boca para dar un sorbo, cuando de repente Yuri Kozlov pateó el traste haciendo que Cris se quemara la boca. Sin pensarlo, se arrojó contra ella, le quitó la glock y le disparó a quemarropa en el pecho. El ruido de los balazos se escuchó en toda el ala norte del aeropuerto de Los Angeles. Una alarma se soltó. Decenas de policías y agentes aduanales corrieron hasta esa sala fría de migración. Kozlov aguardaba sentado en la banca de aluminio. “Patria o muerte”, susurró mientras apuntaba la pistola hacia la puerta de entrada.

dslr-camera Interneticon L. Alberto Rodríguez

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